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viernes, 16 de enero de 2026

LIMPIEZA DE COMEDORES Y COCINAS EN LA ANTIGUA ROMA

Rome ©HBO

El mundo romano celebraba cualquier cosa con un buen banquete entre familiares o amigos. Ya fuera un evento importante para la familia o un compromiso social, la cuestión es celebrarlo juntos en torno a una mesa: un nacimiento, una boda, la ceremonia de la toga virilis de tu hijo el mayor, la vuelta de un amigo tras un largo viaje, la cena de Saturnalia donde tu cuñado se viene arriba con las carreras de cuadrigas, el aniversario de la muerte de la abuela Cornelia, la venta de una casa, el cumpleaños del emperador…. En un buen convivium es necesario mostrar hospitalidad y esplendor, agasajar a los huéspedes con vino del bueno, música, bailes, chismorreo y un menú del que salgan satisfechos y con ganas de volver. Pero para quedar bien es necesario otro aspecto que por evidente no es menos importante: que todo esté limpio, reluciente.


La limpieza en el mundo romano está muy relacionada con la visibilidad de la domus y sus espacios públicos: el atrio, el vestíbulo y el triclinio. Estas son las estancias de la casa -junto con el tablinum- que se consideran visibles, abiertas a las visitas y por tanto susceptibles de ser juzgadas por quien pase por allí. Así que, antes de cualquier evento importante, como un buen convivium, deben quedar limpias y presentables. La limpieza, además de necesaria por cuestiones higiénicas, servía para lucir la vajilla y dar esplendor a los comedores y permitía quedar bien a ojos de los comensales. 


Para llevar a cabo una buena limpieza de la casa, un tanto más exigente de lo habitual cuando se tienen invitados a cenar, hace falta contar con un gran número de esclavos. Los esclavos son imprescindibles si se tiene una domus digamos de tamaño normal y se pretende servir una cena en un triclinio. Ellos serán los encargados de todas las tareas antes, durante y después de la cena. Actuarán allí donde se les haya destinado según sus capacidades y su lozanía, coordinados por un maestresala que vigilará que todo esté bajo control. Porque, claro, no es lo mismo un esclavo que otro. Algunos están destinados a la limpieza sin más, lavando ropa o fregando el suelo, pero otros, mucho más valiosos, están especializados: los cocineros, pasteleros, los trinchadores de carne o los escanciadores de vino. Así que, para empezar, hay que contar con un buen número de esclavos que ayudarán a hacer todas las tareas. 


Los preparativos para una cena que tendrá lugar en la hora nona (las 15:00 h aprox.) comienzan pronto, hacia la hora tertia (7:00 am aprox). Hay mucho que hacer, así que ¡a trabajar!


Esclavos trabajando. Tumba de Silistra, Bulgaria (izquierda); Villa del Casale, Sicilia (derecha)

Lo primero será adecentar el espacio visible, sobre todo la sala del triclinio. El amo coge una vara y con voz enfurecida empieza a dar órdenes:  

«Barre el suelo, deja las columnas resplandecientes, derriba esa araña arrugada con todas sus telarañas, que alguien friegue la vajilla de plata lisa, y otro, la cincelada.» (Juvenal Sat. 14,60). Los principales útiles de limpieza eran muy sencillos: vulgares escobas (scopae) hechas de hojas de palmera o de tamarisco, absorbente serrín (scobis) para los suelos, varas o pértigas (perticae) o incluso cañas (harundines) para llegar a las telarañas de puertas y rincones del techo, esponjas (spongiae) y agua para limpiar columnas, pavimentos de mosaico y mesas. Con esto, y con bayetas (gausape) y trapos (mappae) se llevaba a cabo la labor básica de limpieza (reservando las bayetas más finas para impresionar durante la cena, por supuesto).

También contaban con algún tipo de cubos o regaderas (nassiternae) para una limpieza un poco más exhaustiva que el barrido. Este baldeo viene bien para los suelos de la entrada, quizá más sucios de la cuenta porque se pueden acumular pegotes de barro y hasta cacas de perro (Juv.Sat.14,65). Nada que no se arregle con agua y con medio cubo de serrín.


Además, hay que abrillantar la vajilla para que luzca en todo su esplendor, tal como leemos en muchos fragmentos: “Ten limpia la plata y ponla en la mesa”, (Plauto Psued. 163), o “limpia en tu honor la vajilla reluce” (Horacio, Epist. I,7). Y para eso lo mejor era la tierra arcillosa (creta).  Se trata de esa vajilla que en su día costó un riñón y que solo se exhibe en ocasiones, como la de la cena de hoy. Quedarás bien si consigues “que la copa y el plato reflejen tu imagen como si fueran espejos” (Hor. Epist.I,22). No olvidemos tampoco los pegotes en el fondo de las cráteras de vino.


También toca preparar los divanes y comprobar que toda la ropa de mesa esté impoluta: manteles, servilletas, cobertores, cojines… Comprobar que estén limpios y que hayan sido guardadas en fundas lavadas. “Que ni un cobertor raído ni una servilleta sucia te hagan arrugar las narices”, exige Horacio (Epis.I,25). ¿De qué te sirve preparar un jabalí a la salsa de garum traído de Hispania si luego la tela sobre la que se ha de reclinar tu tío, senador para más señas, está llena de lamparones resecos? Peor aún, imagínate permitir que tus invitados se tumben en un lectus comido de chinches solo por descuidar el control de la ropa de comedor. No hay excusas, quedar bien es una exigencia. 


Ojo también con las decoraciones del techo, que igual llevan ahí desde los tiempos de Cronos. Es justo lo que pasó en la famosa cena de Nasidieno, el nuevo rico. Imagínate la escena: en la mesa, una morena extendida sobre quisquillas vivas; él, regalando los oídos de los invitados con prolijas explicaciones sobre la salmuera que sueltan los erizos, y de repente los paramentos que colgaban del techo “se desplomaron con todo su peso sobre la fuente, levantando una polvareda negra tan grande como la que el aquilón levanta en las tierras campanas” (Hor. Sat. II,8,55). Resultado, los invitados muertos de risa y Nasidieno, la comidilla de toda Roma.

Así que toca revisar los toldos y cortinajes teñidos de rojo púrpura, para que cumplan con su función decorativa y no te fastidien la fiesta.


Todas estas son tareas tediosas que hacen los esclavos ‘del montón’, los que no son especialistas en nada ni tampoco son ni muy guapos/as ni jovencitos/as, ya que estos se destinan al noble arte de escanciar el vino o de servir los platos en el comedor.

El personal dedicado a la limpieza (los analecta, los scoparii), en cambio, solía llevar la barba y el pelo rapados como medida de higiene y practicidad. Sobre todo si también rondaba por las cocinas.


Museo della Civiltà Romana. Roma


Hablando de cocinas, echemos un vistazo adentro para ver cómo se las apañan los esclavos. 


Cabe decir que la cocina (culina) se considera un espacio puramente servil, necesario pero incómodo. Son pequeñas, tienen poca ventilación, oscuras, grasientas y malolientes. Además, en ellas se acumula mucha gente que entra y sale y que toquetea la comida. Allí se encuentran los cacharros de cocina, las escobas, los cubos y no descartemos que sea el lugar donde duerme algún esclavo. Justo por eso se alejan lo más posible de los comedores, para que los humos y olores pegajosos no estropeen la experiencia de la cena.


La cocina es el espacio principal donde se van a manipular los alimentos, por lo que la higiene es absolutamente necesaria. Allí se lavan los cacharros, se amasa el pan, se preparan las conservas, se cortan los alimentos, se calienta el agua, se cuece la verdura, se marina la carne y se deja en la fresquera… En el mundo romano, como en la actualidad, se exige pulcritud y limpieza por parte de toda persona que manipule los alimentos, así como una rutina de lavado y retirada de residuos que garantice que todo esté en buen estado y delicioso. 


Los estándares de limpieza son exigentes, pese a las limitaciones. Los textos dedicados a recetas o conservas nos hablan de tablas de cortar, de ollas, de sartenes y cazuelas, de esponjas, todo ello limpio (mundus) o nuevo. También se intenta que el personal de cocina observe unas normas higiénicas básicas. Como he dicho, en las angostas cocinas circula mucha gente (los pinches, los despenseros, los panaderos, los pasteleros, los jefes de cocina, los ayudantes…) y se tiene conciencia de que el manoseo descontrolado no es nada bueno. En palabras del poeta Horacio: “Gran repugnancia provoca al estómago el siervo que manosea una copa con las manos pringosas de lo que furtivamente ha lamido” (Sat. II,4,78).

Las personas encargadas de cocinar o preparar conservas debían cumplir con un requerimiento: abstenerse de las artes de Venus. En todo caso, si se ha incumplido esta norma, lo cual es fácil, antes de tocar la comida se deben lavar a fondo: “de suerte que un hombre o una mujer casados, antes de llegar á estas cosas, deben bañarse en un río o en otra agua corriente” (Col.RR.12,4). 


Recreación de cocina con letrina. Derecha: letrina 'oculta' bajo las escaleras del piso superior en la cocina de la Casa del Gran portal, Herculano. Fuente y Fuente

Mantener las cocinas limpias y libres de agentes contaminantes no es fácil. Conviene tener siempre agua limpia, para cocinar y para limpiar. Aunque algunas domus han conseguido tener agua corriente en casa todos sabemos que no es nada fácil, hay que recurrir al soborno de los aquarii o tener mucha influencia para conseguir un permiso del emperador que presentar al curator aquarum. Lo habitual es enviar a los esclavos a la fuente y aprovechar el agua recogida en el impluvium para fregar los cacharros en el barreño o en el fregadero. 

Esta misma agua de fregar los platos sigue su camino hacia la letrina, así se aprovecha al máximo. Sí, la letrina en la misma cocina, al lado de donde se limpia el pescado igual es un poco antihigiénico, no digo que no. Pero la letrina está ahí por puro pragmatismo, por aprovechar un agua residual que, finalmente, acabará en la calle y, con suerte, en la cloaca. Lo mejor es separarla un poco, situarla bajo una escalera o ponerla tras un pequeño tabique, así molesta menos. Pero no olvidemos que es una zona servil y ni tú ni tus invitados vais a pasar por allí.


Es ya la hora nona y la casa se ha llenado de invitados. Saludos, lavado de pies, cambio de túnicas, risas y traslado al triclinio. La limpieza a fondo ha sido efectiva y todo está resplandeciente. Durante la cena, unos cuantos esclavos se encargan del servicio en el triclinio. Son los diferentes ministratores, escogidos por su buen aspecto. Los más apreciados son jóvenes, guapos, griegos, eficientes… Visten túnicas de colores vivos y lucen sus melenas rizadas a lo Ganímedes. Estos lavan las manos de los comensales, presentan los platos y escancian el vino. No mucho más. 

En cambio los esclavos no decorativos seguirán su ingrata labor de limpieza a lo largo de la velada: “Cuando estamos recostados para la cena, uno limpia los esputos, otro agazapado bajo el lecho recoge las sobras de los comensales ya embriagados” (Sen.Ep.47,5). Los comensales, recostados sobre los divanes, son bastante comodones y van a intentar por todos los medios no tenerse que levantar. Chasquean los dedos para pedir cualquier cosa, incluido un orinal (matellam), aunque no es lo habitual y, desde luego, no es algo que esté bien visto. Ya sabemos que el comportamiento de algunos deja mucho que desear. 


Lavado de manos Villa del Casale, Piazza Armerina,  Sicilia


Tras los platos principales, y antes de que lleguen los postres, se retiran las mesas, se ofrece agua para lavar las manos y se limpia el suelo. Hay que decir que en las cenas romanas es habitual tirar los desperdicios al suelo, porque para eso hay esclavos que los recogerán. Pero para no molestar durante el servicio, los desperdicios se quedan ahí hasta la pausa habitual entre la prima y la secunda mensa. Así que en este momento, como he dicho, se retiran las mesas y se adecentan con una bayeta de lana teñida de púrpura, que son los trapos más delicados y adecuados para la situación. El suelo se barre, pero no a escobazos, que no queda nada elegante. Los esclavos se afanan con recogedores un poco más finos hasta no dejar rastro de cáscaras de caracoles, huesos de cerezas ni dátiles caídos. Después se purifica el piso con serrín, pero coloreado de azafrán y bermellón. O también con mica molida hecha con lapis specularis, como en la cena de Trimalción. Esta lustratio, auténtico ritual de purificación, se completa con una ofrenda a los Lares, los dioses del hogar. A ellos se les brindan libaciones de vino y, como ofrenda, los restos de comida que habían caído al suelo y que solo por eso ya pertenecen al mundo de los familiares muertos que viven en el inframundo, los Manes. El ritual, entre religioso e higiénico, da pie a los postres que llegan en mesas nuevas, que para eso se llaman ‘secunda mensa’.


La cena ha sido todo un éxito. Una vez acabada, los esclavos volverán a adecentar el suelo con agua y serrín. Platos, copas y bandejas pasarán por el fregadero de las cocinas. Se lavará la ropa de mesa y se guardará debidamente en fundas limpias y en armarios o arcones de madera o bronce junto a la vajilla de plata en espera del siguiente convivium.


Armario. Antiquarium Herculano

Prosit!


sábado, 21 de junio de 2025

VIVIR (Y COMER) EN UNA INSULA. MANUAL DE SUPERVIVENCIA


¿Has venido de las provincias y buscas una oportunidad de ganarte la vida en Roma? Antes que nada tendrás que solucionar un problema acuciante: conseguir una vivienda, lo cual no es nada fácil.


Aquí te dejo un decálogo para sobrevivir al alquiler en Roma.



  1. Empieza a buscar alquiler durante el mes de junio. Como imagino que sabrás, los alquileres vencen en el mes de julio, por lo que si te interesas por un piso con anterioridad, tendrás más oportunidades de escoger y apalabrar el contrato del piso que te guste. Es cierto que si esperas a que pasen los primeros días de julio, el precio es sensiblemente más barato. Pero no es recomendable, porque también disminuye bastante la oferta. O sea, que no tendrás dónde escoger. Ya sabes, Roma es un hervidero de gente y no hay que dormirse. 


  1. Si te lo puedes permitir, escoge vivir en el primer piso, máximo el segundo. Cierto, el alquiler es mucho más caro, pero los pisos son más amplios y mucho más cómodos. No te interesa en ningún caso alojarte en el ático, esas buhardillas diminutas situadas bajo los tejados del edificio, básicamente donde anidan las palomas. Goteras, escaleras infinitas, corrientes de aire y paredes poco estables es lo único que conseguirás viviendo en las plantas superiores. En el primer piso tendrás más espacio, relativo acceso al agua del pozo o de la fuente y más facilidad para escapar del incendio que tarde o temprano va a suceder. Además, todos tus vecinos de los pisos superiores te mirarán con envidia. En todo caso, si has tenido que recurrir a un cenáculo diminuto porque no te ha quedado otro remedio, procura que sea suficientemente grande como para poder contener tus cachivaches básicos: una escoba, algún cesto de mimbre, un cubo para el agua, una jarra para el vino, una alacena para despensa (ese tarro de miel que no puede faltar, esas ristras de ajos, la carne seca, el queso y las olivas tendrás que tenerlos en algún sitio) y, por supuesto, un rinconcillo para el altar de los Lares y los Penates.


Reconstrucción de la Insula de Diana. Ostia.

  1. Busca un inmueble del tipo insulae de patio, es decir, con un buen patio interior. Cierto es que a veces el patio es de uso casi exclusivo de los habitantes de las plantas principales -las bajas-, pero si tienes suerte podrás utilizarlo como zona común. Créeme, es un auténtico lujo contar con un patio que tenga comodidades como una fuente, letrinas cercanas y un fogón que podrás usar para tus pucheros de puerros y garbanzos, bien calentitos. Si el vecindario es majo, podrás compartir sin complicaciones el patio como zona de comedor. Incluso puede que tengas suerte y el patio de tu edificio sea la sede de las comidas de algún gremio, y que te dejen colarte. 


  1. No se te ocurra cocinar algo caliente en tu habitáculo. Evita los hornillos portátiles, sobre todo si tu insula está hecha de partes de madera. Desde que Nerón reconstruyó la ciudad, se supone que los edificios altos ya no son de madera, sino de ladrillo, pero los incendios siguen a la orden del día. Créeme, hacerte tu propio pulmentum en el hornillo junto a las ventanas es hacer números a provocar una tragedia, además de la peste que se levanta con humos y olores a fritanga. Es mejor recurrir a las cocinas del patio comunitario o bien a la comida ya hecha. Seguro que tendrás a mano una o dos cauponae donde conseguir un buen guiso calentito de habas con tocino o unas albóndigas con su buena salsa de piñones. Vamos, en la misma planta baja de tu edificio seguro que hay un thermopolium. Y si la calle está muy concurrida, podrás optar también por la oferta de los vendedores ambulantes: salchichas, crustula, garbanzos torraditos… No te la juegues con las brasas.


craticula o parrilla portátil


  1. Sácate unas perrillas subalquilando una habitación. Selecciona muy bien a quién subarriendas, porque Roma está llena de gente desaprensiva. Ya sabes lo que dicen: rara vez llegan los soldados a los cenáculos. Así que te puedes encontrar con peleas y problemas de todo tipo porque igual estás albergando a un sicario. Pero lo cierto es que puedes sacarle unos sestercios a ese cuartucho con ventana que no te gusta porque da al barullo callejero y te impide dormir. Promociónalo como habitación con vistas, muy luminosa y bien aireada, que permite participar del encanto de Roma con los cinco sentidos.


  1. Escoge tu cenáculo orientado a la calle o al patio interior -si lo hay- en función de tus preferencias: la luz, la ventilación o el ruido. Es indudable que tendrás que escoger. Si tu piso da al exterior, tendrás más luz y mejor ventilación. Es más fácil que se diluya ese olor a sardinas fritas que sube por todo el edificio desde las cocinas del patio, y sin duda es toda una ventaja contar con luz natural. Pero también te acompañará el ruido de carpinteros, caldereros y resto de gremios, el griterío de los vendedores, el ruido nocturno de los carros de mercancías, el de los panaderos, el de los borrachos y transeúntes pendencieros, el de las peleas y persecuciones ciudadanas… Si eres de sueño ligero, una habitación que da a la calle puede ser incómoda. (Por eso mismo debes subalquilarla). Las habitaciones que dan al interior son más silenciosas, es cierto. Pero también más tenebrosas. Un buen repertorio de lucernas y pasar el día fuera de casa serán la solución. Pero tendrás que convivir con humos y olores de lámparas de aceite, braseros y cocinas. Así que escoge bien. 


Lucerna

  1. Mantén tu casa limpia. Barre, ventila y limpia lo que cae al suelo. Ese trozo de queso sobrante y ese mendrugo de pan que se queda sobre la mesa atraen a los ratones y a la larga crían bichos. Haz tus necesidades en la letrina comunitaria y, si no es posible, ten un cubo y vacíalo con elegancia, en la letrina cuando bajes a buscar agua. No recurras al lanzamiento de inmundicias desde la ventana, no contribuyas a la molestia de los ciudadanos de a pie. Piensa que tus porquerías no van a caminar solas hasta la cloaca. Aunque sea incómodo, sobre todo si vives en pisos altos, haz lo posible por tener siempre lleno el cubo de agua y úsala para limpiar tu casa y para tu higiene personal. Habrá menos bichos y olerá mejor. Por eso mismo, si tu inmueble no dispone de un patio con un pozo, busca un alquiler cercano a una fuente pública


Hornillo

  1. Entabla amistad con un bombero. No nos engañemos, tarde o temprano habrá un incendio. Si no es el hornillo de la vecina asando salchichas de Lucania es el brasero para calentarse o la lucerna para no descalabrarse subiendo las tenebrosas escaleras. Tarde o temprano la chispa salta y la madera prende. La cercanía con el cuerpo de vigiles urbani no lo va a evitar, pero quién sabe si la cercanía con los miembros de la cuadrilla ayudará a que te hagan más caso cuando suceda. Además, siempre te conviene conocer a gente que se encarga del orden nocturno, así podrás volver a casa con más garantías de seguridad. 

  1. Busca vivienda en barrios bohemios, como la Subura, el Velabrum o el Argileto, que están muy de moda. Aquí tienes una amplia oferta de todo: peluquerías, librerías, termas, mercado, prostíbulos, banqueros, adivinos, zapateros, perfumistas, orfebres, tiendas donde comprar sedas, telas teñidas de púrpura, ungüentos, incienso, figurillas para exvotos… Lo dicho: todo tipo de tiendas y servicios. Y qué decir de la oferta gastronómica: tabernas, bares y restaurantes de todo tipo y reputación, junto a puestos de comida callejera para picotear. Una oferta completa para todos los bolsillos y gustos. Hasta hay escuelas de hostelería. Eso sin contar los mercadillos callejeros centrados en los productos refinados, como los dátiles Nicolaos, los erizos de mar, el foie-gras, el garum de primera, la pimienta larga y otras finuras que se pueden permitir solo los senadores y los peces gordos. De hecho, es bastante fácil que te cruces con ciudadanos ilustres, incluso que los tengas de vecinos. En estos barrios vive mucha gente, son muy caros y ruidosos, sí, pero sabrás lo que es vivir intensamente en Roma. 


  1. Escoge una vivienda con un propietario que tenga buena fama, infórmate bien y huye de los especuladores. Normalmente no les importa si la finca se cae a pedazos o si tiene más pisos de lo que está permitido. Cuanto más alto es, más dinero ganan. Y ya se sabe, cuanto más arriba está menos gastan en materiales de calidad, de manera que abunda la madera y el ladrillo brilla por su ausencia. Te recomiendo que busques un inmueble en cuya planta principal también viva su propietario. Será más fácil que se preocupe por la seguridad y la finca no se derrumbe. 


Roma. Insula Capitolina


No tengas complejos por vivir en un bloque de pisos. La gente de bien también lo hace en algún momento de su vida. Mira los poetas, mira al famoso Marcial, mira a Juvenal, mira a Séneca, que vivía encima de unos baños, soportando los ruidos de la piscina, los gritos de la depilación, las voces de los vendedores y el martillito del carpintero. Y eso que era propietario. Incluso individuos como Sila, en los tiempos de la República, todo un cónsul que en su día pagaba tres mil sestercios de alquiler. Y otros senadores. Y hasta Augusto tuvo que hacerlo. Y Vitelio, que para poderse pagar su viaje a Germania se mudó a un cenáculo para poder alquilar también el suyo. 


Así que no te agobies y disfruta de vivir en la gran Urbe.


Imagen de portada: Wikipedia