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viernes, 16 de enero de 2026

LIMPIEZA DE COMEDORES Y COCINAS EN LA ANTIGUA ROMA

Rome ©HBO

El mundo romano celebraba cualquier cosa con un buen banquete entre familiares o amigos. Ya fuera un evento importante para la familia o un compromiso social, la cuestión es celebrarlo juntos en torno a una mesa: un nacimiento, una boda, la ceremonia de la toga virilis de tu hijo el mayor, la vuelta de un amigo tras un largo viaje, la cena de Saturnalia donde tu cuñado se viene arriba con las carreras de cuadrigas, el aniversario de la muerte de la abuela Cornelia, la venta de una casa, el cumpleaños del emperador…. En un buen convivium es necesario mostrar hospitalidad y esplendor, agasajar a los huéspedes con vino del bueno, música, bailes, chismorreo y un menú del que salgan satisfechos y con ganas de volver. Pero para quedar bien es necesario otro aspecto que por evidente no es menos importante: que todo esté limpio, reluciente.


La limpieza en el mundo romano está muy relacionada con la visibilidad de la domus y sus espacios públicos: el atrio, el vestíbulo y el triclinio. Estas son las estancias de la casa -junto con el tablinum- que se consideran visibles, abiertas a las visitas y por tanto susceptibles de ser juzgadas por quien pase por allí. Así que, antes de cualquier evento importante, como un buen convivium, deben quedar limpias y presentables. La limpieza, además de necesaria por cuestiones higiénicas, servía para lucir la vajilla y dar esplendor a los comedores y permitía quedar bien a ojos de los comensales. 


Para llevar a cabo una buena limpieza de la casa, un tanto más exigente de lo habitual cuando se tienen invitados a cenar, hace falta contar con un gran número de esclavos. Los esclavos son imprescindibles si se tiene una domus digamos de tamaño normal y se pretende servir una cena en un triclinio. Ellos serán los encargados de todas las tareas antes, durante y después de la cena. Actuarán allí donde se les haya destinado según sus capacidades y su lozanía, coordinados por un maestresala que vigilará que todo esté bajo control. Porque, claro, no es lo mismo un esclavo que otro. Algunos están destinados a la limpieza sin más, lavando ropa o fregando el suelo, pero otros, mucho más valiosos, están especializados: los cocineros, pasteleros, los trinchadores de carne o los escanciadores de vino. Así que, para empezar, hay que contar con un buen número de esclavos que ayudarán a hacer todas las tareas. 


Los preparativos para una cena que tendrá lugar en la hora nona (las 15:00 h aprox.) comienzan pronto, hacia la hora tertia (7:00 am aprox). Hay mucho que hacer, así que ¡a trabajar!


Esclavos trabajando. Tumba de Silistra, Bulgaria (izquierda); Villa del Casale, Sicilia (derecha)

Lo primero será adecentar el espacio visible, sobre todo la sala del triclinio. El amo coge una vara y con voz enfurecida empieza a dar órdenes:  

«Barre el suelo, deja las columnas resplandecientes, derriba esa araña arrugada con todas sus telarañas, que alguien friegue la vajilla de plata lisa, y otro, la cincelada.» (Juvenal Sat. 14,60). Los principales útiles de limpieza eran muy sencillos: vulgares escobas (scopae) hechas de hojas de palmera o de tamarisco, absorbente serrín (scobis) para los suelos, varas o pértigas (perticae) o incluso cañas (harundines) para llegar a las telarañas de puertas y rincones del techo, esponjas (spongiae) y agua para limpiar columnas, pavimentos de mosaico y mesas. Con esto, y con bayetas (gausape) y trapos (mappae) se llevaba a cabo la labor básica de limpieza (reservando las bayetas más finas para impresionar durante la cena, por supuesto).

También contaban con algún tipo de cubos o regaderas (nassiternae) para una limpieza un poco más exhaustiva que el barrido. Este baldeo viene bien para los suelos de la entrada, quizá más sucios de la cuenta porque se pueden acumular pegotes de barro y hasta cacas de perro (Juv.Sat.14,65). Nada que no se arregle con agua y con medio cubo de serrín.


Además, hay que abrillantar la vajilla para que luzca en todo su esplendor, tal como leemos en muchos fragmentos: “Ten limpia la plata y ponla en la mesa”, (Plauto Psued. 163), o “limpia en tu honor la vajilla reluce” (Horacio, Epist. I,7). Y para eso lo mejor era la tierra arcillosa (creta).  Se trata de esa vajilla que en su día costó un riñón y que solo se exhibe en ocasiones, como la de la cena de hoy. Quedarás bien si consigues “que la copa y el plato reflejen tu imagen como si fueran espejos” (Hor. Epist.I,22). No olvidemos tampoco los pegotes en el fondo de las cráteras de vino.


También toca preparar los divanes y comprobar que toda la ropa de mesa esté impoluta: manteles, servilletas, cobertores, cojines… Comprobar que estén limpios y que hayan sido guardadas en fundas lavadas. “Que ni un cobertor raído ni una servilleta sucia te hagan arrugar las narices”, exige Horacio (Epis.I,25). ¿De qué te sirve preparar un jabalí a la salsa de garum traído de Hispania si luego la tela sobre la que se ha de reclinar tu tío, senador para más señas, está llena de lamparones resecos? Peor aún, imagínate permitir que tus invitados se tumben en un lectus comido de chinches solo por descuidar el control de la ropa de comedor. No hay excusas, quedar bien es una exigencia. 


Ojo también con las decoraciones del techo, que igual llevan ahí desde los tiempos de Cronos. Es justo lo que pasó en la famosa cena de Nasidieno, el nuevo rico. Imagínate la escena: en la mesa, una morena extendida sobre quisquillas vivas; él, regalando los oídos de los invitados con prolijas explicaciones sobre la salmuera que sueltan los erizos, y de repente los paramentos que colgaban del techo “se desplomaron con todo su peso sobre la fuente, levantando una polvareda negra tan grande como la que el aquilón levanta en las tierras campanas” (Hor. Sat. II,8,55). Resultado, los invitados muertos de risa y Nasidieno, la comidilla de toda Roma.

Así que toca revisar los toldos y cortinajes teñidos de rojo púrpura, para que cumplan con su función decorativa y no te fastidien la fiesta.


Todas estas son tareas tediosas que hacen los esclavos ‘del montón’, los que no son especialistas en nada ni tampoco son ni muy guapos/as ni jovencitos/as, ya que estos se destinan al noble arte de escanciar el vino o de servir los platos en el comedor.

El personal dedicado a la limpieza (los analecta, los scoparii), en cambio, solía llevar la barba y el pelo rapados como medida de higiene y practicidad. Sobre todo si también rondaba por las cocinas.


Museo della Civiltà Romana. Roma


Hablando de cocinas, echemos un vistazo adentro para ver cómo se las apañan los esclavos. 


Cabe decir que la cocina (culina) se considera un espacio puramente servil, necesario pero incómodo. Son pequeñas, tienen poca ventilación, oscuras, grasientas y malolientes. Además, en ellas se acumula mucha gente que entra y sale y que toquetea la comida. Allí se encuentran los cacharros de cocina, las escobas, los cubos y no descartemos que sea el lugar donde duerme algún esclavo. Justo por eso se alejan lo más posible de los comedores, para que los humos y olores pegajosos no estropeen la experiencia de la cena.


La cocina es el espacio principal donde se van a manipular los alimentos, por lo que la higiene es absolutamente necesaria. Allí se lavan los cacharros, se amasa el pan, se preparan las conservas, se cortan los alimentos, se calienta el agua, se cuece la verdura, se marina la carne y se deja en la fresquera… En el mundo romano, como en la actualidad, se exige pulcritud y limpieza por parte de toda persona que manipule los alimentos, así como una rutina de lavado y retirada de residuos que garantice que todo esté en buen estado y delicioso. 


Los estándares de limpieza son exigentes, pese a las limitaciones. Los textos dedicados a recetas o conservas nos hablan de tablas de cortar, de ollas, de sartenes y cazuelas, de esponjas, todo ello limpio (mundus) o nuevo. También se intenta que el personal de cocina observe unas normas higiénicas básicas. Como he dicho, en las angostas cocinas circula mucha gente (los pinches, los despenseros, los panaderos, los pasteleros, los jefes de cocina, los ayudantes…) y se tiene conciencia de que el manoseo descontrolado no es nada bueno. En palabras del poeta Horacio: “Gran repugnancia provoca al estómago el siervo que manosea una copa con las manos pringosas de lo que furtivamente ha lamido” (Sat. II,4,78).

Las personas encargadas de cocinar o preparar conservas debían cumplir con un requerimiento: abstenerse de las artes de Venus. En todo caso, si se ha incumplido esta norma, lo cual es fácil, antes de tocar la comida se deben lavar a fondo: “de suerte que un hombre o una mujer casados, antes de llegar á estas cosas, deben bañarse en un río o en otra agua corriente” (Col.RR.12,4). 


Recreación de cocina con letrina. Derecha: letrina 'oculta' bajo las escaleras del piso superior en la cocina de la Casa del Gran portal, Herculano. Fuente y Fuente

Mantener las cocinas limpias y libres de agentes contaminantes no es fácil. Conviene tener siempre agua limpia, para cocinar y para limpiar. Aunque algunas domus han conseguido tener agua corriente en casa todos sabemos que no es nada fácil, hay que recurrir al soborno de los aquarii o tener mucha influencia para conseguir un permiso del emperador que presentar al curator aquarum. Lo habitual es enviar a los esclavos a la fuente y aprovechar el agua recogida en el impluvium para fregar los cacharros en el barreño o en el fregadero. 

Esta misma agua de fregar los platos sigue su camino hacia la letrina, así se aprovecha al máximo. Sí, la letrina en la misma cocina, al lado de donde se limpia el pescado igual es un poco antihigiénico, no digo que no. Pero la letrina está ahí por puro pragmatismo, por aprovechar un agua residual que, finalmente, acabará en la calle y, con suerte, en la cloaca. Lo mejor es separarla un poco, situarla bajo una escalera o ponerla tras un pequeño tabique, así molesta menos. Pero no olvidemos que es una zona servil y ni tú ni tus invitados vais a pasar por allí.


Es ya la hora nona y la casa se ha llenado de invitados. Saludos, lavado de pies, cambio de túnicas, risas y traslado al triclinio. La limpieza a fondo ha sido efectiva y todo está resplandeciente. Durante la cena, unos cuantos esclavos se encargan del servicio en el triclinio. Son los diferentes ministratores, escogidos por su buen aspecto. Los más apreciados son jóvenes, guapos, griegos, eficientes… Visten túnicas de colores vivos y lucen sus melenas rizadas a lo Ganímedes. Estos lavan las manos de los comensales, presentan los platos y escancian el vino. No mucho más. 

En cambio los esclavos no decorativos seguirán su ingrata labor de limpieza a lo largo de la velada: “Cuando estamos recostados para la cena, uno limpia los esputos, otro agazapado bajo el lecho recoge las sobras de los comensales ya embriagados” (Sen.Ep.47,5). Los comensales, recostados sobre los divanes, son bastante comodones y van a intentar por todos los medios no tenerse que levantar. Chasquean los dedos para pedir cualquier cosa, incluido un orinal (matellam), aunque no es lo habitual y, desde luego, no es algo que esté bien visto. Ya sabemos que el comportamiento de algunos deja mucho que desear. 


Lavado de manos Villa del Casale, Piazza Armerina,  Sicilia


Tras los platos principales, y antes de que lleguen los postres, se retiran las mesas, se ofrece agua para lavar las manos y se limpia el suelo. Hay que decir que en las cenas romanas es habitual tirar los desperdicios al suelo, porque para eso hay esclavos que los recogerán. Pero para no molestar durante el servicio, los desperdicios se quedan ahí hasta la pausa habitual entre la prima y la secunda mensa. Así que en este momento, como he dicho, se retiran las mesas y se adecentan con una bayeta de lana teñida de púrpura, que son los trapos más delicados y adecuados para la situación. El suelo se barre, pero no a escobazos, que no queda nada elegante. Los esclavos se afanan con recogedores un poco más finos hasta no dejar rastro de cáscaras de caracoles, huesos de cerezas ni dátiles caídos. Después se purifica el piso con serrín, pero coloreado de azafrán y bermellón. O también con mica molida hecha con lapis specularis, como en la cena de Trimalción. Esta lustratio, auténtico ritual de purificación, se completa con una ofrenda a los Lares, los dioses del hogar. A ellos se les brindan libaciones de vino y, como ofrenda, los restos de comida que habían caído al suelo y que solo por eso ya pertenecen al mundo de los familiares muertos que viven en el inframundo, los Manes. El ritual, entre religioso e higiénico, da pie a los postres que llegan en mesas nuevas, que para eso se llaman ‘secunda mensa’.


La cena ha sido todo un éxito. Una vez acabada, los esclavos volverán a adecentar el suelo con agua y serrín. Platos, copas y bandejas pasarán por el fregadero de las cocinas. Se lavará la ropa de mesa y se guardará debidamente en fundas limpias y en armarios o arcones de madera o bronce junto a la vajilla de plata en espera del siguiente convivium.


Armario. Antiquarium Herculano

Prosit!


viernes, 12 de septiembre de 2025

CONTROLAR EL DESPILFARRO. LEYES SUNTUARIAS EN LA ANTIGUA ROMA


Desde comienzos del siglo II aC hasta la época de Augusto, la República romana se empeñó en regular y sancionar el sumptus -el gasto descontrolado- a toda costa. Desde los primeros éxitos en la conquista del Mediterráneo oriental, Grecia incluída, la República romana se enriquece hasta el punto de provocarse un problema de identidad a sí misma. Ya no se reconoce en esos patricios extremadamente millonarios que se dedican a dilapidar su fortuna en lujos de todo tipo. ¿Dónde ha quedado la mítica frugalidad de Roma, de ese pueblo áspero que resiste la adversidad comiendo rábanos y cultivando la tierra con las propias manos? ¿Dónde el respeto a las virtudes antiguas? Por motivos morales, en los que es fácil identificar un ideal de vida con un ideal político, se impulsaron diferentes leyes que tenían como objeto prohibir o regular el lujo, especialmente el culinario. Aunque el verdadero motivo era el económico: se buscaba evitar el despilfarro y que las élites -con los senadores y cónsules a la cabeza- volviesen a actuar con responsabilidad de acuerdo al mos maiorum en lugar de dilapidar su patrimonio en convites y vicios personales. 


Dos autores son las principales fuentes de información, Aulo Gelio y Macrobio, que nos hablan desde el siglo II y el IV respectivamente. Ambos hacen un repaso a todas las leyes decretadas y comentan los motivos de su promulgación, que son los “daños inimaginables” que sufría la República “a causa del lujo de los banquetes”, hasta el punto de que “seducidos por la gula, la mayoría de los jóvenes de buenas familias vendían su pudor y su libertad, y la mayor parte de la plebe romana acudía al Comicio atiborrada de vino”, y más adelante leemos que “si las costumbres no hubieran sido tan depravadas y el tren de vida tan dispendioso, seguramente no habría habido necesidad de promulgar leyes”, ya que se hicieron para “corregir los vicios de toda la ciudad entera” (Macr.Satur.3,17).


Huelga decir que estas leyes, que intentaban forzar un giro hacia una intachable y austera moralidad, no tuvieron ningún éxito y estuvieron destinadas a no cumplirse y desaparecer casi desde su promulgación. 


¿De qué iban estas leyes?


Rome ©HBO


Según leemos en Macrobio, el primer intento de regular el lujo fue la orden de comer y cenar con la puerta abierta, para que así los ciudadanos, convertidos en testigos oculares, pudieran controlar si los que cenaban se entregaban a los excesos o no. Pronto, estos intentos de regulación se concretaron en un total de nueve leges sumptuariae, promulgadas entre 182 aC y 22 aC, aunque todas acabarán siendo actualizaciones o copias de las dos primeras. El elenco es sobradamente conocido:

  1. Lex Orchia (182 aC)

  2. Lex Fannia (161 aC)

  3. Lex Didia (143 aC)

  4. Lex Licinia (131 aC)

  5. Lex Aemilia (115 aC)

  6. Lex Cornelia (81 aC)

  7. Lex Antia (71 aC)

  8. Lex Iulia de Julio César (45 aC)

  9. Lex Iulia de Augusto (22 aC)

Y a estas cabría añadir otras disposiciones o edictos que decretarían puntualmente algunos  emperadores como Tiberio o Nerón.


Como he dicho, las dos primeras leyes van a marcar la norma. La Lex Orchia, la primera de ellas, se creó durante la censura de Catón el Viejo (año 182 aC) y se centraba en limitar el número de comensales en la mesa. A menos gente invitada, menos gasto. La Lex Fannia, en cambio, ya era más específica: además de limitar a tres los invitados (a cinco si es día de mercado), establecía un límite de gasto, que variaba en función de si eran fechas señaladas o días ordinarios. Este límite de gasto será algo que repetirán todas las demás leyes suntuarias, con pequeñas variaciones. En general, todas establecen una diferencia entre fechas señaladas, como pueden ser las fiestas religiosas (los Ludi Romani, los Ludi Plebei, las Saturnalia), otras fechas importantes aunque no tanto (las Calendas, los Idus, las Nundinae o días de mercado) y los días ordinarios. A partir de la Lex Licinia se establece también una cantidad propia para los días de celebración de bodas. 

Como anécdota comentaré que la Lex Cornelia, promovida por el dictador Cornelio Sila el año 81 aC, aplicó un extraño sistema para regular el gasto consistente en rebajar los precios de los productos. El resultado fue un alto consumo de productos de lujo, ahora al alcance de bolsillos más humildes que, por una vez, podían dar rienda suelta a la gula.


Alimentos de lujo. Casa del Fauno Museo Arqueológico Nápoles 

La Lex Fannia será la pionera también en las restricciones cualitativas del sumptus. Es decir, no solo indica qué cantidad se puede gastar en comida, adornos, telas, vajilla y cubertería, sino que también establece qué alimentos estaban permitidos y qué alimentos estaban estrictamente prohibidos.  Este aspecto, que se irá repitiendo en las sucesivas leyes suntuarias, es especialmente relevante para este artículo, así que lo dejo para después. 


Otro aspecto que tienen en común la mayoría de leges sumptuariae es intentar forzar el comportamiento de las élites, sobre todo si se trata de senadores o cónsules, ya que deben dar ejemplo a la ciudadanía. El primer intento lo vemos en la Lex Didia, que abría la posibilidad de sancionar a quienes asistían a una cena excesivamente costosa, además de sancionar a quienes la organizaban, por supuesto. Pero es la Lex Antia la que establecerá normas específicas para quien fuese magistrado o aspirase a serlo: que “no asistiese a banquete alguno, salvo en casa de determinadas personas” (Gelio Noctes Libro II, XXIV,13). Al afectar tan directamente a los políticos, todas las cenas oficiales que tuviesen lugar durante la vigencia de estas leyes debían respetarse escrupulosamente, ya que los infractores se jugaban su carrera. Los textos nos muestran numerosos ejemplos de cenas oficiales en las que se seguían las normas a rajatabla. Cicerón, por ejemplo, asistió a una de estas cenas invitado por su amigo Léntulo en la que solo se sirvieron setas, hortalizas y legumbres, lo cual le provocó una gastroenteritis importante, porque las acelgas y las malvas estaban tan bien condimentadas que se excedió con ellas (Fam VII,26,2).

Otro ejemplo es el comportamiento del emperador Tiberio, que para dar ejemplo servía  en sus cenas oficiales los restos de la comida anterior, alegando que estaba igual de bueno el medio jabalí sobrante que el entero (Suet. Tib. XXXIV,1).


Vajilla de lujo. Skyphos de los centauros.
Muestra Tesoros Eléctricos - Museo Arqueológico Nacional


Aunque, la verdad de la verdad, es que estas leyes se cumplían solo cuando no quedaba otro remedio. Cuando se sentían vigilados y forzados a cumplirla. Por ejemplo, leemos en Cicerón un comentario que revela que las leyes suntuarias solo se cumplían mientras César estaba en Roma: “está seguro de quedarse en Roma (...) no vaya a ser que en su ausencia se descuiden sus leyes, como se había descuidado la suntuaria” (Cic. Att. XIII,7), refiriéndose a la Lex Iulia del año 45 aC. Otros ejemplos muestran un exceso de celo mal recibido por los comensales. Cierta cena relatada por el poeta Levio consistió solo en fruta y legumbres porque a última hora se suprimió el cabrito que estaba previsto servir (Gelio Noctes II, 24,8). Y el poeta satírico Lucilio menciona una de estas leyes solo para decir: “Evitemos la ley de Licinio” (Gelio II, 24,10). El ejemplo definitivo de falta de interés por parte de la ciudadanía lo protagonizan tres personas, los únicos, según Ateneo, que cumplían con la vieja Lex Fannia. Estas tres personas eran Mucio Escévola, Elio Tuberón y Rutilio Rufo, y lo hacían solo por convicciones estoicas. Eso sí, haciendo trampa, porque conseguían comer platos deliciosos sin fundirse el patrimonio. ¿Cómo? Pues comprando aves y pescados a los productores locales, mucho más barato que en el mercado, que era donde imperaba el despilfarro y la ruina (Ath.6, 274C). Los tres estoicos simplemente encontraron otras vías de aprovisionamiento para no pasarse del gasto estipulado por la ley. Tal y como se deduce de la cita de Ateneo, ellos eran la excepción y la mayoría gastaba un dineral en el macellum, desatendiendo la Lex.


Alimentos de lujo: perdices
Museo Arqueológico Nacional (Madrid)


Vayamos al punto de interés culinario. ¿Qué se podía servir en la mesa y qué no según estas leyes? Ya que se centran en controlar el despilfarro, es de esperar que lo prohibido sean justamente los productos más caros conseguidos en el mercado, que también son los más suculentos y los protagonistas del menú. La Lex Fannia prohíbe expresamente las aves cebadas y cocidas en su propio jugo. Plinio recoge este detalle, indicando que la moda de consumir aves bien gordas procedía de Delos, y añade que la ley Fannia solo permitía servir una única gallina y eso siempre que no estuviera cebada (X, 50 (71), 139). Además de ser una costumbre que venía de Grecia, con connotaciones de lujo y decadencia por igual, las aves cebadas resultaban carísimas porque estaban sometidas a una sobrealimentación permanente que encarecía muchísimo el precio. Tampoco estaban bien vistos los platos recargados de carne como el puerco troyano, llamado así por estar relleno de otros animales como si del mismísimo caballo de Troya se tratase. Macrobio menciona este plato en concreto como ejemplo vergonzoso para la nación, un plato que por sí solo ya justificaría la lex Fannia (Satur.3,13,13) y que seguro que se pasaba de los 100 ases permitidos. Prohibidos también los vinos de importación, es decir, los prestigiosos vinos griegos. Así que nada de vinos aromatizados de mil maneras -con salmuera, aceites, perfume, especias, resinas…-, nada de vino de Lesbos, de Quíos, de Tasos. Nada de vino dulce de Creta, nada de vino de Cos cargado de agua de mar. La ley Fannia establecía en cambio que se podía consumir el vino nacional sin restricción alguna, así que estaban permitidos el sorrentino, el cécubo, el másico, el albano o el falerno, que seguro eran más económicos y que por entonces empezaban a despuntar.

La ley, en cambio, permitía una cantidad ilimitada de trigo, verduras y legumbres, lo mismo que cierta cantidad de carne ahumada. Esos son los alimentos permitidos que veremos en TODAS las leyes suntuarias: la fruta, las verduras, las legumbres, las hortalizas, el pan y el vino nacional. Aparecen en leyes y decretos de todo tipo y llegan a ser el único ‘menú’ permitido en las tabernas en tiempos de Tiberio y de Nerón. Junto a estos productos baratos que produce cualquier huerta nacional, también vemos cierta permisividad con la carne ahumada o la salazón, necesarios como fuente de proteínas y no tan caros carísimos como los capones cebados.


alimentos permitidos por las leyes suntuarias


Siguiendo con la lista de restricciones, la Lex Aemilia promovida por el cónsul Marco Emilio Escauro en 115 aC eliminaba de los menús los lirones, los moluscos y las aves exóticas (Plinio VIII,57,223). 

Todos estos son productos que se criaban para su engorde y su venta en los mercados, lo cual reportaba grandes beneficios económicos. Los lirones se cebaban en recipientes cerrados (gliraria) para luego servirlos, rellenos y asados al horno, como aperitivo. Los moluscos (conchylia) tales como erizos, mejillones, almejas, dátiles de mar, berberechos y ostras, son productos marinos que se vendían en el mercado a un precio altísimo, a menudo criados en viveros para facilitar su engorde. Eran unos aperitivos deliciosos que no podían faltar en la mesa de los elegantes. Y las aves exóticas, “traídas de otra parte del orbe”, como los flamencos, las grullas, los pavos reales, los faisanes o las pintadas, se criaban en grandes aviarios (ornithon) y costaban un ojo de la cara.

Glirarium, contenedor para criar lirones
Museo Arqueológico de Chiusi

Aquí se da la paradoja de que los propietarios de estos criaderos tan lucrativos eran a menudo senadores o magistrados compañeros de banco de los efusivos defensores de estas leyes. 

De hecho, a esos miembros de la élite propietarios de viveros de peces y criaderos de ostras y caracoles no les interesaba en absoluto que se cumpliesen las leyes suntuarias porque entonces sus negocios no serían rentables. Estos caballeros, magistrados y senadores siguen los pasos de los primeros emprendedores y hacen su fortuna con el engorde de gansos, la cría de pavos reales o el coto de caza de jabalíes. Me atrevería a decir que este es el motivo principal por el que las leyes suntuarias no tuvieron ningún éxito y se incumplían continuamente. 

Incluso poniendo vigilancia en el macellum para requisar los productos prohibidos, incluso enviando lictores y soldados a las casas para retirarlos de despensas y de mesas en caso de que hubieran podido escapar a la vigilancia de los guardias, como hacía César, incluso así el pueblo de Roma iba a seguir comprando artículos de lujo en el mercado, llegados de las explotaciones locales de los ricos o del comercio de ultramar. El papel de las élites en la explotación y comercio de productos de lujo va a ser fundamental en el fracaso de las leyes suntuarias.

A eso hay que sumar otros factores, como el gusto general por la ostentación, la dificultad de controlar si las leyes se llevan a cabo o no y los aspectos morales. Los productos de lujo representaban la extravagancia y la decadencia para la moral tradicional, pero lo cierto es que también estaban cargados de connotaciones mucho más positivas para los nuevos tiempos: representaban la elegancia, el refinamiento y la distinción. 


Los esfuerzos por regular el sumptus, por evitar el gasto excesivo en sedas, en púrpura de Tiro, en joyas, en perlas, en copas de plata o en salmonetes de dos libras de peso, los esfuerzos por mantener las virtudes romanas a fuerza de regular el comportamiento fueron un fracaso total.


Carpe diem!

Museo de Zeugma (Turquía)


Imagen de portada: Banquete lujoso bajo la pérgola. Mosaico del Nilo. Palestrina