domingo, 13 de septiembre de 2026

MOSAICO ROMANO CON MENÚ INCLUIDO. LA DOMUS DE LA CENA BUFFET DE ANTIOQUÍA


En el Museo Arqueológico de Antakya (o Antioquía), en Turquía, se encuentra un mosaico fantástico que representa todo el menú de una cena de categoría. Data de finales del siglo II o principios del III y da nombre a la domus, conocida como la Casa de la Cena Buffet. Fue una de esas residencias enormes, con lujosas habitaciones pavimentadas con motivos geométricos y mitológicos, con peristilo, jardín y todo tipo de comodidades, que perteneció sin duda a una familia importante de lo que entonces era la capital de la provincia romana de Siria.


La cuestión es que una de las habitaciones, la que servía como comedor, estaba pavimentada con un mosaico fantástico que tenía como figura central a Ganímedes en modo copero de Júpiter. Todo el programa iconográfico del mosaico está pensado para ser una exaltación del banquete y, en consecuencia, del anfitrión. Aunque está estropeado por diversos puntos, la parte conservada nos da una información muy valiosa sobre la realidad gastronómica de los festines romanos. Voy a ello.



Para empezar, el mosaico tiene dos partes. La primera tiene planta cuadrangular y representa una fase de la preparación de la cena. En ella se aprecian varios servidores captando diferentes tipos de aves. A la izquierda, un esclavo compra o simplemente recoge lo que parece una perdiz extraída de una jaula. Muy posiblemente se trate de ejemplares que proceden de un aviarium, un lugar dedicado a la cría de aves que resultaba un negocio muy rentable para abastecer la alta cocina de la antigüedad. En la escena, los esclavos pueden estar adquiriendo las aves o bien pueden estar seleccionando algunas del aviario propiedad del mismo dominus de la casa, ya que este tipo de negocio era una explotación típica de los patricios. Otras aves representadas son los pavos reales y lo que parecen francolines y grullas. Todas estas aves están documentadas en los textos de los agrónomos como muy rentables para la cría y venta posterior, además de aparecer también documentadas en las mesas patricias. Así que el mosaico revela que la cena tendrá como plato fuerte la carne de aves, uno de los alimentos favoritos de las élites.  



Esta parte del mosaico también muestra en el centro una gran crátera de bronce donde se mezclará el vino con agua, puesto que beber vino puro no era buena idea. El vino de la antigüedad era muy fuerte, y se debía rebajar para poder disfrutar más tiempo de él sin caer redondo a la primera. De hecho, el vino puro se reservaba para las libaciones y poco más, porque beber vino puro era cosa de salvajes. Generalmente, los comensales se ponían de acuerdo en la proporción de vino y agua, pero en caso de que no fuese así, existía la figura del rey del convivium (a menudo el mismo anfitrión), que tenía como función decir cuántos brindis se tenían que hacer y marcar la proporción de vino y agua. Ateneo de Náucratis en su Banquete de los eruditos (Libro X) explica las combinaciones más habituales, desde las más moderadas (cuatro partes de agua por una de vino), hasta la más atrevida (mitad y mitad), aunque parece que la más común debía de ser la de tres partes de agua por una de vino

En todo caso, si las aves anticipan los alimentos que se van a consumir durante el festín, la crátera representa la bebida que protagonizará la sobremesa, la comissatio.




La segunda parte del mosaico es la que le da el nombre porque representa la secuencia de los platos tal como se debían servir en los convivia. Me refiero a que se puede observar tanto el orden de servicio como la manera de servir los platos, y esto es muy interesante.


Se trata de un mosaico de forma semicircular que marca el espacio de un stibadium, es decir, un tipo de diván o de lecho con esa misma forma que se puso bastante de moda hacia el siglo III y que sustituye al clásico triclinio de tres lechos. Esta parte semicircular engloba una representación de Ganímedes como copero de Júpiter, lo cual sirve para indicar a los comensales la categoría del festín, igual igual que el de los dioses.


Lo interesante de verdad está en la representación de los platos de la parte semicircular.

Comienza el desfile una bandeja, posiblemente de plata, con los aperitivos. La bandeja tiene servicio para dos, para compartir, tal como debían de traerse a las mesas. En ella se observan dos huevos servidos en recipientes individuales. Muy posiblemente son huevos pasados por agua, y lo sabemos también por la presencia de dos cucharas, dos cochlearia, que servían justamente para los huevos cocinados así, además de para extraer los caracoles de sus cáscaras. Empezar los banquetes con huevos es todo un clásico, como indican las palabras de Horacio: ab ovo usque ad mala (“del huevo a la manzana”), refiriéndose a que se comenzaba con huevos y se terminaba con manzanas (Sátiras I,3). La bandeja de la gustatio incorpora también dos vegetales. Según leemos en los textos, era bastante habitual iniciar los festines con lechugas, coles, puerros u otras hortalizas, que se aliñaban con vinagretas o salsitas a base de pimienta, aceite, garum  y otros condimentos. En la bandeja observamos lo que podrían ser alcachofas o cardos, o quizá podría ser algún bulbo. La posibilidad de que sean alcachofas la recoge el arqueólogo Doro Levi en su estudio, ya clásico, Antioch Mosaic Pavements (1947), pero cabe recalcar que las alcachofas del siglo III no tienen por qué ser como las que tenemos ahora. De hecho, podrían ser cardos comestibles o cardos silvestres o cualquier especie de alcachofa que no sabemos identificar. O podría ser cualquier otra verdura o bulbo. 



La bandeja de aperitivos se completa con lo que parecen dos manitas de cerdo (ungellae), bien golosas y tiernas. Al mundo romano le encantaba la casquería de todo tipo, las manitas, el morro, las orejas, las tetillas, los callos… Formaban parte del capítulo dedicado al Cocinero suntuoso del libro de Apicio, así que eran golosinas de lujo y su presencia estaría bien justificada en la bandeja de este mosaico. 

Por último, un pequeño recipiente con un líquido rojizo en el centro de la bandeja. ¿Es vino? ¿O es una salsa? Podría ser una a base de garum, pimienta y asafétida para bañar las manitas, o de garum, aceite y vino para acompañar la verdura.


Cabe decir que entre unos pases y otros, el mosaico representa una gran copa de vino (tipo skyphos de metal), panes redondos (sin duda de la mejor harina refinada, panis siligineus), algunas aves colgadas -tal como debían reposar en las cocinas- y algo que, en apariencia, son salchichas o embutidos. 



Las siguientes bandejas visibles del mosaico forman parte de los platos principales, la prima mensa. El primero es un plato de pescado, servido entero en una gran bandeja de plata. Llega así, entero, para regocijo de la vista y para entretenimiento de los comensales, porque una vez en la mesa, los esclavos expertos en cortar y servir lo debían trocear para convertirlo en porciones individuales que se podían tomar elegantemente con los dedos. No se aprecia qué pescado puede ser, pero considerando los favoritos de las élites podría tratarse de un salmonete, una sarda, un barbo, una caballa, un dentón, una dorada… Por el aspecto, no parece un rodaballo ni un atún ni una anguila, aunque estos también tenían mucho éxito. El pescado, asado, hervido, en fritura, guisado, relleno o en papillote de papiro, se servía siempre con una salsa adecuada, por lo general compuesta de múltiples condimentos tan caros como el mismo pescado. Una ojeada al recetario de Apicio nos da idea de las múltiples posibilidades con las que contaban los habilidosos cocineros: a la alejandrina, con eneldo, con piñones y dátiles, con hierbas frescas y vino dulce, con vinagre y miel, con yema de huevo, con mostaza, con garum y aceite… El pescado (y su salsa) era todo un lujo que abría la lista de los platos principales.



La secuencia de la prima mensa continúa con otra bandeja en la que se aprecia lo que bien podría ser una pata de cerdo (perna) o un codillo de los grandes (acronem). 

La pata o paletilla de cerdo aparece en tres recetas de Apicio. En la primera la pata se cuece con higos; posteriormente se rocía con miel y se envuelve en una costra de harina y aceite. Después se hornea. La tercera es muy parecida, pero se hornea sin capa protectora y con salsa. La segunda simplemente se cocina con agua e higos secos y se sirve con pan de mosto y vino dulce. 

Cualquiera de las tres se puede ver representada en la bandeja de este mosaico.



Desgraciadamente, la pieza está muy deteriorada en esta parte y no podemos disfrutar del resto del menú en su totalidad. Sin embargo, se observa una pequeña parte de otro de los platos principales: una bandeja con bordes dorados que contiene una enorme ave de corral cebada. Las aves son uno de los platos más apreciados por las élites. Golosas, grasientas, suculentas, las aves de corral bien cebadas costaban un ojo de la cara: pollos, gallinas, patos o gansos se criaban para el engorde y no estaban al alcance de los bolsillos más humildes. Lo que se ve en el mosaico es un ave entera, enorme, que se presentaría así en el comedor y después sería trinchada y repartida por cocineros profesionales, expertos en los cortes de carne. Como en los casos anteriores, una ojeada al recetario de Apicio nos indica una grandísima cantidad de salsas para acompañar las aves: con nabos, con ciruelas de Damasco, con piñones y dátiles, con mostaza, con calabaza, con garum, a la pimienta, al modo de Numidia, al modo de Partia, con gachas de leche, con salsa blanca…

Y posiblemente no es el único volátil que se serviría, a juzgar por la primera parte del mosaico, la de los sirvientes capturando aves.




El resto del mosaico, el que tendría que mostrar algún plato más de carne y los postres, está totalmente deteriorado, así que nos lo tenemos que imaginar. Una lástima. 



Buen provecho!




Imágenes: propiedad de Dick Osseman  https://pbase.com/dosseman/buffet y commons.wikimedia.org


miércoles, 29 de julio de 2026

TRES RECETAS INCÓMODAS DE APICIO


Recrear recetas históricas suele ser una labor entre rigurosa y divertida. Nos gusta hacerle un guiño al pasado retomando ingredientes olvidados o haciendo combinaciones sorprendentes, siempre al reparo de lo (poco) que indican algunos textos o recetarios. Pero al leer a Apicio, Catón o Columela empiezan los problemas de interpretación. ¿Estamos seguros de usar una traducción fiable? ¿Cómo arreglamos el tema de la falta de instrucciones? ¿Cuánto hay que poner de laserpicio? ¿Qué son los sphondylos? ¿Es imprescindible recolectar la ortiga “cuando el sol entre en Aries”? ¿Cuánto son dos congios de vino añejo? ¿De verdad necesito un recipiente de plomo para el mosto? ¿Y fumigar el garum maloliente con laurel o ciprés? Es más, ¿de dónde saco el garum?


Cuanto más leemos más complicado parece todo, y la sombra de la duda se cierne sobre nosotros, pobres aprendices de cocina histórica. 


La solución más sencilla es, siempre, buscar aquellas recetas que parezcan más fáciles de hacer y con ingredientes que se encuentren en el súper. Una cazuela, un horno y un mortero están al alcance de cualquiera,  y con un poco de miel, pimienta negra y hierbas aromáticas tenemos ya el 50% de cualquier receta romana.

Además, un vistazo a internet o a libros especializados arrojará luz sobre la ejecución de un queso con hierbas (moretum), una olivada (epythirum), unas gachas (puls) o unas torrijas (dulcia). Incluso encontrarás consejos sobre cómo sustituir ingredientes con éxito. 


Y eso está muy bien.


Pero en nuestra búsqueda del paladar romano no siempre nos vamos a encontrar con recetas así, perfectas para principiantes y en armonía con nuestro gusto contemporáneo. Si solo nos quedamos ahí nos estaremos divirtiendo, sí, pero  tendremos una visión sesgada de la gastronomía romana

Porque la culinaria del pasado ni debe ser vista como algo exótico, extraño y asqueroso (harta de escuchar lo de ‘¿pero el garum no es pescado podrido?’) ni tampoco como una versión antigua de pizzas, hamburguesas, paellas o platos nacionales que se quieren remontar sí o sí a los antiguos romanos.


Ni lo uno ni lo otro. Si queremos aproximarnos al sabor de la antigüedad, debe ser con mente abierta y con rigor, siempre.


Y hoy toca analizar algunas recetas extrañas y sorprendentes del recetario de Apicio.  

Las recetas que no vas a querer hacer


EL RECETARIO DE APICIO


Para empezar, hay que decir que el recopilatorio atribuido a Apicio llamado De Re Coquinaria es un auténtico tesoro, porque contiene nada menos que 477 recetas. Entre ellas, las hay de todo tipo: platos ordinarios, platos de lujo, platos de aprovechamiento, fórmulas para el vientre, conservas, trucos para salvar un alimento en mal estado… Es una especie de enciclopedia, y una de las principales fuentes de información sobre gastronomía romana. El libro está compuesto en diferentes fases, y de diferentes libros y autores. Carece de la coherencia que tendría si fuera un único recetario. Además, supone un desafío a la hora de interpretarlo, labor que debería abordarse desde distintas disciplinas: la filología, la historia y la gastronomía. 

Cabe decir también que la mayoría son recetas destinadas a la alimentación de las élites, que contienen ingredientes caros o difíciles de conseguir -en su día- y que se servían en momentos puntuales. No forman parte de la dieta de la gran mayoría, pero sí que eran habituales dentro del sistema alimentario de esas élites privilegiadas, como demuestra el hecho de que estén incorporadas a un recetario. 


LA SELECCIÓN DE RECETAS


He seleccionado tres recetas que, por diversos motivos, no concuerdan con nuestro gusto, pero que sí son representativas del gusto romano. Vale, el gusto es algo personal y subjetivo, pero todos estaremos de acuerdo en que cada momento histórico configura unas preferencias culinarias compartidas, relacionadas con factores económicos, sociales y culturales que van más allá de lo individual. Por ello podemos comentar recetas que están de acuerdo o no con nuestro paladar compartido. Y estas tres no concuerdan. O no tanto.

Por otra parte, las recetas seleccionadas forman parte de los triclinios de las élites, los únicos que se podían permitir ciertos ingredientes y toda la logística para prepararlas en casa. Quizá esto pase desapercibido para el lector contemporáneo, que cuenta en su cocina con nevera, horno y todos los cacharros imaginables de tendencia gastro. Pero es un detalle importante para entender la culinaria romana. 


Por último, aunque la tentación era grande, he evitado aquellas recetas basadas en ingredientes prohibidos (lirón, lengua de flamenco, loro, grulla…), de manera que las recetas de la selección son todas realizables… aunque evitables. Allá van.


  1. CAZUELA DE ROSAS (‘PATINA DE ROSIS’)


Tras este bonito nombre se esconde una especie de budín de sesos coronado por pimienta y, si se quiere, pétalos de rosa. 


La patina, palabra que se refiere tanto al recipiente (una especie de cazuela) como al plato resultante, es una de las elaboraciones estrella de la culinaria romana. Son una especie de quiche o budin cuajado con huevo que permiten la incorporación de muchos ingredientes. Se cuecen en el horno y adquieren una consistencia compacta pero blanda, ideal para comer con las manos. Servidas en su propio recipiente, las patinae son sencillas de preparar y nutritivas, un imprescindible de la gastronomía antigua.

Vale.


Lo que llama la atención de esta patina son dos cosas: lo primero es el empleo de los sesos como espesante principal y lo segundo es no saber si estamos ante un plato dulce o salado. Veamos el texto recogido por Apicio:


“Cazuela de rosas

Coger unas rosas y deshojarlas, quitarles la parte blanca, ponerlas en un mortero, rociar con garum y triturar. A continuación, echar un ciato y medio de garum (67 ml), y colar. Coger 4 sesos, sacarles el nervio. Picar 10 gr. de pimienta, cubrir con el preparado anterior, y picarlo junto. Después romper 8 huevos, un ciato y medio de vino y uno de vino de pasas y un poco de aceite. Untar una vasija, ponerla al fuego y echarle el preparado. Cuando haya cocido, espolvorear pimienta y servir.” (I,II,9)


Comencemos por el espesante. Al margen de que a usted le gusten o no los despojos, la verdad es que los sesos actualmente tienen mala prensa. No solo son portadores de enfermedades puntuales (del tipo Encefalopatía Espongiforme Bovina), sino también de una cantidad considerable de colesterol. Además, los despojos suelen verse como comida de serie B, de supervivencia, de esa que solo te comes si no te queda otra. 

Evidentemente, hay millones de comensales fanáticos de la casquería y los despojos. Pero, como he dicho antes, los sesos simplemente han dejado de ser el manjar que eran. No me imagino el festival romano de turno ofreciendo en los bares una cazuelita de sesos  y rosas. No tiene tirón.


Recolectando rosas. Villa del Casale (Sicilia)

Eso sí, los sesos aportan una textura mantecosa y suave que respeta el sabor tan delicado del otro ingrediente estrella: las rosas. Estas flores cuentan con un gran protagonismo en la gastronomía romana: vino de rosas, aceite de rosas, conserva de rosas, miel aromatizada con rosas… Presentes, además, en la decoración de comedores, en perfumes o en las coronas conviviales. Y para que se noten el sabor y aroma delicados de las rosas, conviene usar un espesante neutro: los sesos. Quizá ahora lo podríamos sustituir por tofu, no sé. Y ahí está ese segundo factor que llama la atención del plato: para nuestro paladar, los pétalos de rosa en gastronomía forman parte de los postres, exclusivamente. Y eso nos desconcierta ante esta receta: ¿es un plato dulce o salado?


Curiosamente la ‘cazuela de rosas’ se encuentra recogida también en la obra de Ateneo: “Tras majar las rosas más fragantes en un mortero, les añadí sesos de ave y de cerdo cocidos, muy limpios, y yemas de huevo, y además aceite, garo, pimienta, vino. Y una vez que lo trituré cuidadosamente, lo eché en una cazuela nueva” (Deipn. IX,406AB). 

Era un auténtico manjar de lo más sofisticado con un potente aroma a rosas “adecuado para coronar no sólo tu cabeza, sino también tu propio interior”. Para nosotros, en cambio, sería demasiado blando y contradictorio.


  1. UBRES RELLENAS (‘SUMEN PLENUM’)


La segunda receta seleccionada presenta exceso de sabor y sal. Cada ingrediente por separado es demasiado protagonista. Veamos el texto de Apicio:

“Machacar pimienta, alcaravea, erizo salado, ligarlo todo y cocerlo así. Se come con salmuera y mostaza” (VII, II, 2) 


Las ubres o tetillas de cerda tienen una textura gelatinosa y tierna que las convierte en producto top. Por el título deducimos que el texto de Apicio es la composición del relleno y el acompañamiento de unas tetillas que no aparecen, porque se deben sobreentender. El cocinero sabe cómo prepararlas, no hace falta especificar. Como eran un ingrediente refinado y carísimo se debían acompañar de aderezos que estuvieran a su altura. Y aquí es donde entra en conflicto el paladar romano con el contemporáneo. Porque si actualmente se prefiere respetar el sabor del ingrediente principal, de manera que los demás no le quiten protagonismo, para ellos no, para ellos cuanto más, mejor. Preferían una suma de sabores exquisitos cuyo resultado fuera un sabor único y decidido, y no importa que esos sabores se pisen unos a otros, lo importante es demostrar que uno se puede permitir esos lujos. Y qué mejor manera de demostrarlo que meterlos todos en la misma cazuela.


La receta lleva una cantidad importante de sal en forma de salazón de erizo y en forma de allec, es decir, una variante del garum, concretamente el residuo sólido condimentado. Ambos ingredientes son bastante potentes en sabor y en salinidad. No entremos ya en la opinión que nos merecería entender el erizo de mar como un alimento supeditado a otro. El erizo lo comemos fresco, y si forma parte de un plato es el protagonista, sin lugar a dudas. Volviendo a la receta, además de los ingredientes salinos, el relleno incorpora especias picantes como la pimienta y la alcaravea, esta última con propiedades digestivas, como viendo venir la tragedia.  Finalmente se sirve acompañado de mostaza, fuerte y penetrante como ella sola. Así que el plato nos parecería demasiado recargado de sabores y estímulos, y mejoraría mucho -según nuestro paladar actual- rebajando la sobrecarga de sodio y condimentos.

Sin embargo, probarlo tal cual es recibir el impacto directo del paladar patricio.


versión actualizada de las ubres de cerda. Restaurante Dos Pebrots (Barcelona) Foto: @Abemvs_incena


  1. OTRA RECETA DE PEPINOS PELADOS (‘ALITER CUCUMERES RASOS’)


La tercera receta seleccionada tiene como protagonistas a los pepinos o cohombros … o melones. Existe cierta confusión entre los melones de la antigüedad, más pequeños y apepinados, y los pepinos propiamente dichos. Los términos utilizados (cucumis, pepo, melo) no arrojan luz para diferenciar estas cucurbitáceas que seguro que han cambiado en dos mil años, gracias a la selección y modificación a la que se les ha sometido.


Sea como fuere, los pepinos y los cohombros (que son realmente una especie de melón) eran hortalizas muy consumidas por los romanos. Se dice que al emperador Tiberio le gustaban muchísimo, y los tenía a su disposición durante todo el año cultivados en invernaderos móviles hechos con láminas de lapis specularis que dejaban pasar los rayos del sol y los protegían del frío invernal (Plinio XIX,64).


Reconstrucción de invernadero móvil cubierto con lapis specularis. Ludi Rubricati 2018
Foto: @Abemvs_incena


Pero la contradicción con nuestro paladar viene del tratamiento que se hace de los pepinos-cohombros, que se toman cocinados, y no frescos. Veamos la receta de Apicio:

“Otra manera de preparar [los pepinos pelados]

Hervirlos en agua con sesos previamente cocidos, con comino, apio en grano, un poco de miel, garum y aceite. Ligarlo con huevos, espolvorear pimienta y servir” (III, VI,2).


Efectivamente, en la actualidad los pepinos se prefieren crudos, y de ellos se aprecia su textura crujiente y su sabor fresco. De hecho, nos gusta comer las verduras y las hortalizas crudas o cocinadas al dente, lo mínimo para que no pierdan propiedades. Nos gusta respetar el sabor del producto, ponerlo en valor dentro del plato, y para eso las hortalizas y verduras se prefieren crudas siempre que sea posible. Además, sabemos que de esta forma se mantienen todos los nutrientes. En el caso de los pepinos, en nuestra cultura occidental se prefieren crudos siempre, y solo se cocinan en recetas de aprovechamiento de algunas zonas rurales, y más que nada para no tirarlos cuando han perdido su frescura y han quedado inservibles para ensalada. O bien para aprovechar las pieles. Pero no es el caso de la receta de Apicio, que consiste en ‘cucumeres rasos’, es decir, pelados. 

¿Qué pasa al cocer los pepinos? Pues que se vuelven muy blandos y que pierden sabor. Digamos que hervir los pepinos es un poco como maltratarlos.


Pepinos. Museo Archeologico Nazionale (Nápoles)

Pero eso al mundo romano le parecería una tontería. Para ellos el alimento muy cocinado es civilizado y refinado a la vez. Además de más digestivo, adquiere una consistencia blanda que permite manipularlo a voluntad para conseguir aquello que más les gusta: transformar el alimento hasta que este pierde su identidad original. Eso es civilizado porque representa el triunfo del ingenio sobre la naturaleza salvaje. Y también es muy del gusto patricio porque implica demostrar que se posee una buena infraestructura para prepararlo: una cocina equipada y bastante mano de obra, además del conocimiento que debe aplicar un cocinero experto.


La textura blanda de la receta se consigue también cociendo los pepinos junto a unos sesos, con el consiguiente rechazo a las vísceras ya comentado en la ‘cazuela de rosas’. La mezcla resultante sería la textura blanda y compacta que tanto gustaba en la Antigüedad, reforzada además por la mezcla final con huevos. 

Imagino que sería algo así como un budin o flan hecho al baño maría, una especie de chawanmushi tibio que demuestra la maestría del coquus para disimular los ingredientes principales y transformarlos en otra cosa, en un sabor único formado de la mezcla de todos, incluidos los numerosos condimentos que lleva, bien unificado en un resultado compacto.


Por otra parte, ya he mencionado que para la ciencia dietética del momento los pepinos-cohombros eran mucho más saludables cocinados que crudos. Los textos clásicos están llenos de comentarios del tipo: “El pepino, al ser refrescante, es difícil de digerir y evacuar, y además produce escalofríos, genera bilis y mitiga los deseos sexuales” (Athen. III,74C) o “una vez ingeridos permanecen en el estómago hasta el día siguiente y no se digieren con los demás alimentos” (Plinio XIX,65). Por lo que también son comunes los consejos sobre cocinarlos: “Hervido, el pepino tierno es inofensivo y diurético”, recomendación del médico griego Diocles de Caristo (en Athen. II,293E). Incluso encontramos fórmulas concretas, como las palabras de Plinio el Viejo: “cocidos sin la piel con aceite, vinagre y miel son más agradables” (NH XX,12).  Así que gastronomía y dietética van de la mano en esta receta propia de paladares patricios.


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Hasta aquí mi pequeña selección. No he querido ser escabrosa ni entrar en valoraciones personales, sino que he intentado representar las claves del paladar romano en tres recetas que contrastan con el paladar actual: alimentos muy hechos, texturas muy blandas que no permiten entrever qué hay, contrastes dulces-salados o exceso de condimentación. ¡El paladar patricio!


Prosit!


Foto de cabecera: Fellini Satyricon (1969)


lunes, 6 de julio de 2026

LA LISTA DE LA COMPRA


En diversas paredes de las ciudades sepultadas por el Vesubio han ido apareciendo diferentes grafitos que suponen un auténtico testimonio de la vida cotidiana de la Antigüedad. Algunos son muy famosos, como los anuncios electorales en la vía pública, las figuras de gladiadores luchando o las pintadas sexuales de lupanares y tabernas, del estilo “Me follé a la camarera”. 


Otros son menos vistosos. Por ejemplo, los que representan listas con alimentos y nombres que se consideran algo así como listas de la compra. Son menos populares, entre otras cosas porque presentan muchos problemas de conservación y bastantes de interpretación, y la mitad de las palabras -abreviadas, escritas de manera rápida y descuidada- a menudo son desconocidas. Sin embargo, proporcionan una información de primera mano sobre la vida cotidiana más plebeya. 


Sin duda la lista más famosa de todas, y la más extensa, es la inscripción CIL IV 5380. Apareció en el zócalo negro de una pared pompeyana perteneciente a un deversorium urbano, es decir, una especie de albergue o fonda similar a los hospitia que poblaban las carreteras, pero dentro de la ciudad. Se trataba de un hospedaje para dormir que estaba conectado con dos establecimientos dedicados a la restauración: un bar con mostrador y una popina o casa de comidas. El deversorium, además, contaba con varios cubicula, cocina propia y dos salas con triclinio listas para banquetes privados. Obviamente, formaba parte de una insula. Allí, a una altura aproximada de un metro desde el pavimento, en la pared septentrional de una habitación de la domus IX 7,25, ocupando un espacio de 50 X 93 cm, alguien decidió escribir en tres columnas desiguales una lista de alimentos y objetos, comprados o para comprar, ordenados cronológicamente a lo largo de ocho días, desde el octavo día antes de los Idus hasta los mismos Idus de un mes desconocido. ¿Quién escribió el graffito y para qué? No podemos saber si fue hombre o mujer, si fue un cliente, el propietario o alguien que llevaba algún tipo de registro. ¿De qué? Pues de gastos hechos o que se van a hacer en alimentos y objetos, cuyo precio se expresa en ases, excepto en algún caso en que aparece el símbolo del denario.


Inscripción CIL IV 5380 Fuente: pompeiiinpictures.com


Analizando los elementos que más se repiten en la lista (los que se entienden) podemos hacer una radiografía de la alimentación popular. Por ejemplo, todos los días se menciona el pan, producto básico al que se dedican 5 denarios y 4 ases del total del gasto (un 24%).  El pan aparece con diferentes nombres: pane, el más habitual;  pane cibariu o cibar(ium), y pane puero o puero pane, ‘pan para el esclavo’. Se intuyen, pues, al menos dos tipos de pan, uno de ellos el cibarius, un pan negro, barato y de harina basta que los textos califican normalmente de ‘durus’ y ‘sordidus’, vamos que era bastante plebeyo. Desconocemos el otro tipo de pan, quizá de mejor calidad. El ‘pan para el esclavo’ puede responder a una tercera calidad, o bien a una manera de organizar el gasto. Además del pan, también se menciona el propio cereal: halica(m), que es la sémola de farro o espelta, y tridicum, el trigo de toda la vida. Y por si fuera poco, se nombra un objeto estrechamente relacionado con el grano: el pultarius, la olla de cerámica donde se cocía el puls, las famosas gachas que alimentaban al pueblo romano desde tiempos inmemoriales, algo así como un plato nacional.


Junto al pan, aparecen los otros dos elementos de la famosa tríada mediterránea: el vino (vinum) y el aceite (oleum). Ambos son bienes de consumo de primera necesidad. El aceite aparece en 4 de los 8 días, sin más especificación que su nombre, oleum. Puede tratarse de un oleum cibarium del montón o de aceite un poco más refinado, pero la cuestión es que en cuatro días se destinan dos denarios a comprar aceite y en uno de los días se gasta casi la misma cantidad, además, en el aceite destinado a un tal Servatus. Quizá tenga algo que ver que ese mismo día también se mencione en la lista pro patella, lo cual podría representar el aceite necesario para hacer las ofrendas. O bien el aceite que se usa en la iluminación, reforzado por el inltynium de la lista, que los expertos traducen como ‘lámpara’ o ‘mecha’.

El vino se menciona en tres días. Como pasa con el aceite, en uno de los días aparece dos veces, separando una compra de dos ases de vino de otra por valor de un denario destinada para alguien a quien llama Domatori. Este Domator o Domatori es alguien que desconocemos pero que vuelve a aparecer más adelante, y tuvo que ser un pez gordo porque recibe bienes de mayor categoría, como unos pescaditos -pisciculum- por valor de dos ases que los expertos relacionan con la confección de allec. Quizá este Domator sea destinatario de un vino menos peleón, un Falerno, un Setino, un Aminiano. A saber.


Pero el pompeyano medio no solo vive de pan, vino y aceite. La gente, por humilde que sea, necesita proteínas de alto valor biológico, como se dice ahora, y grasas. Por eso el queso (caseum) se menciona cinco veces en la lista. El queso era un producto estrella entre las clases más populares. Era barato -en la lista se invierten doce ases en total-, nutritivo, fácil de almacenar y muy, muy plebeyo. La literatura lo menciona poco, y siempre entre las clases más humildes o como símbolo de frugalidad, y suele identificarse con el mundo campesino y pastoril, alejado del cosmopolitismo del que presumen los patricios. En la lista podemos ver dos tipos de queso, o incluso tres. Uno de ellos aparece como casium molle(m), que sería tierno y fresco al estilo del requesón. Se le representa en los frescos pompeyanos, dentro de cestitos de junco y en Los cautivos de Plauto aparece justamente dentro de un elenco de productos que ir a buscar al mercado (Capt. 851). El resto de menciones simplemente se refieren a casium, sin más. Pero el hecho de que aparezca dos veces en determinado día quizá responda a dos tipos diferentes. En todo caso, seguro que era un queso de cabra o de oveja que solucionaría el ientaculum matutino junto al pan duro. 


Escena de mercado

La lista incluye otros productos, acumulados sobre todo en el tercer día antes de los Idus, que igual era día de mercado y por eso contiene diecinueve elementos, algunos bastante extraños. Por ejemplo, hxeres, que se suele identificar con fruta seca, quizá dátiles; femininum, ¿algún producto de belleza?; Sittiae, según unos es una persona y según otros, un cubo; o montana, que para algunos expertos podría tratarse del trébol montañés o alguna hierba similar. Ese mismo día, insisto en que bien podría ser día de mercado, es el único en el que aparece la carne: bubella(m) -carne de buey- y botellum -un tipo de salchicha o morcilla-. 


Otros productos mencionados una o dos veces son los puerros (porrum), los dátiles (palmas), el incienso (thus) y el enigmático cepas (¿cebollas?) o fecias (¿?).


La información que nos proporciona esta lista, la más extensa de todas, es bastante significativa de los alimentos que el mundo romano consideraba básicos: pan, vino, aceite, queso y alguna concesión a las proteínas animales. Aunque desconocemos mucho de lo que rodea a estas listas, sí podemos intuir una dieta monótona y sencilla.


Palestra Grande de Pompeya. Fuente: esturismo.eu


Otras listas aparecidas en Pompeya coinciden bastante en ingredientes y precios. 

En las columnas junto al anfiteatro, en la Palestra grande, han aparecido bastantes inscripciones que concuerdan en todo. Una de ellas, la CIL IV 08561a, menciona (o mencionaba porque se ha perdido por desprendimiento del enlucido) una libra de tocino, P(ondo?) lard(i), que cuesta tres ases, y embutido de cerdo (Suar(ium?), además de los consabidos vinum, casium, oleum y panem. En la misma columna hay otra inscripción, la CIL IV 08566b, un poco más extensa, donde se leía -sí, también desapareció- PVRM, que bien puede referirse a pulmentarium, el alimento para acompañar a las gachas, o a pultarius, la vasija para cocer esas mismas gachas o puls; además de los básicos vinum, casium, oleum y la mención a la proteína animal: porcin(am) y carn(em), por valor de un as cada una. La proteína en forma de carne se repite también en una lista de precios aparecida en las Termas Suburbanas de Herculano: singa, orrellas y thymatla, que algunos expertos traducen como ‘tocino’ (singa por axungia), ‘chuletas de cerdo’ (offellas y no orrellas) y ‘salchichas con tomillo’. Pero vamos, que todo son conjeturas lingüísticas. Y otras veces las listas parecen insistir más en los productos vegetales, revelando quizá una posible visita al Forum Holitorium, como las aparecidas en una vivienda y que mencionan repollos -coliclo-, acelgas -bet(am)-, mostaza -sina(pi)- y menta -men(tam)- [CIL IV 4888 y 4889).


Proteínas en forma de salchichas, tocino, embutidos o carne fresca; queso, verduras y, sobre todo, mucho pan, vino y aceite. Eso es lo que se desprende de la información aportada por estas listas desparramadas por las paredes de las ciudades sepultadas por la lava del Vesubio. No es lo único que comían, pero sí es lo que más apuntaban en esas inscripciones de gastos que el tiempo ha ido borrando para siempre.


Para acabar, unas palabras extraídas del corazón de Pompeya, en plena zona de tabernas, reflejando la clásica rivalidad entre ciudades: una destaca por sus especialidades culinarias, y la otra por sus vinos:


Viator Pompeis pane (:panem) gustas

Nuceriae bibes 


‘Viajero, en Pompeya comerás pan, pero en Nuceria beberás mejor.’ (CIL IV 08903)


CIL IV 8903 Fuente: Epigraphic Database Roma


Sean felices!



Fuentes consultadas:

 

- EPIGRAPHIC DATABASE ROMA  [http://www.edr-edr.it/edr_programmi/view_img.php?lang=en&id_nr=147519]

- The Ancient Graffiti Project [https://ancientgraffiti.org/Graffiti/graffito/AGP-EDR147519]

- Solin, Heikki; Caruso, Paola .- Memorandum sumptuarium pompeianum. Per una nuova

lettura del graffito cil iv 5380. Vesuviana, 8, 2016, pág. 105

- Portale Numismatico dello Stato [https://www.pompei.numismaticadellostato.it/tappa07.html]

-Sharon Marie Ruddell: The Inn, restaurant and tavern business in ancient Pompeii, Thesis --University of Maryland, College Park 1964 [https://api.drum.lib.umd.edu/server/api/core/bitstreams/870bc3fd-ebeb-4148-8b1c-a5461b32b477/content]

- vlcampbell - Black Friday.- Blog Pompeian Connections 

[https://pompeiinetworks.wordpress.com/tag/cil/page/2/]

-pompeiiinpictures [https://pompeiiinpictures.com/pompeiiinpictures/R9/9%2007%2025.htm]