viernes, 3 de agosto de 2018

LA MIEL, ‘NOBILE NECTAR’ DE LOS DIOSES

Apicultura. Tacuinum Sanitatis.
La miel es el más antiguo y principal edulcorante de la antigüedad, siendo ya conocida desde la mismísima prehistoria y consumida con asiduidad por egipcios, hebreos y griegos. Centrándonos en la época romana, no fue el único método para endulzar (aunque sí el preferido), ya que las frutas y los vinos dulces también servían para ello, lo mismo que el azúcar, que llegó bastante tarde procedente de Asia y era bastante caro, una rareza. El pueblo romano, en todas sus clases sociales, reconocía en la miel un alimento de primera, un "nobile nectar" como lo llama Marcial (XIII,104) y la consideraba un don divino que procedía del rocío celeste, tal como nos dice Virgilio: “cantaré el don divino de la miel, que baja de los cielos” (Geor.4,1).


moneda procedente de Éfeso
Las mismas abejas eran consideradas un bien para la humanidad, que practica la apicultura desde tiempos inmemoriales. En Roma incluso tenían su numen protector, la ninfa Melona o Mellona (August. De civitate Dei,4,34). El pueblo romano era capaz de ver en las abejas una alegoría de la propia humanidad y las descripciones de su modo de vida se podrían parecer mucho a las de una sociedad ideal. Así lo expresa Varrón: “Las suyas son como las ciudades de los hombres, porque aquí hay un rey, un mando y una sociedad” (RR 3.16,6). Cierto, confunden a la abeja reina con un rey, pero no estamos hablando de precisión entomológica: para ellos era un rey y punto. Virgilio afirma que las abejas “pasan la vida sujetas a grandes leyes y ellas solas reconocen una patria y Penates inmutables” (Georg. IV,155). Y Plinio el Viejo nos dice que “tienen su república” (NH,XI,11), que alrededor de la reina hay “una especie de escoltas y líctores, diligentes guardianes de su autoridad” (XI,53) y, para rematar la pirámide social, incluso menciona a los esclavos, que identifica con los zánganos: “crías tardías y en cierta manera esclavas de las abejas verdaderas” (XI,27).


Hombres picados por abejas. British Museum.
La alegoría prosigue con la organización de las abejas vista en términos militares: “Dondequiera que el rey se detiene, allí plantan el campamento común”, nos dice Plinio para referirse a la creación de la colmena (XI,54), y “a menudo luchan por otras causas, y disponen dos columnas opuestas con dos generales a su frente cuando se declara la guerra, sobre todo al recolectar las flores” (XI,58). La personificación de estos insectos implica también la exaltación de ciertos rasgos de carácter más bien humanos: “son sobrias y además rechazan a las pródigas y a las voraces lo mismo que a las perezosas y a las indolentes” (Plin.XI,67); no solo, también “se les demuda el color a las enfermas; una flaqueza horrible les deforma el rostro; después sacan fuera de su casa los cadáveres de las privadas de luz y les hacen tristes funerales” (Virg.Georg.IV,255-256). Con las abejas todo son virtudes: Varrón nos dice que “no es ni malvada (...) ni indolente” (RR,3.16,7) y Plinio que “no dañan a ningún fruto” (XI,18); además, son muy limpias: “ninguna de ellas se posa en lugares sucios o que huelan mal” (Varr.RR,3.16,6).
Cupido como un ladrón de miel. Durero.
Y es que consideraban a  las abejas partícipes de la inteligencia divina (Virg.Georg.IV,220), prácticamente sagradas, las aves de las Musas (Varr.RR,3.16,7), que en su día “alimentaron al rey del cielo en la cueva de Dicté” (Virg.Georg.IV,153).

Será por eso que si aparece un enjambre en las casas o en los templos, se considera una señal de los dioses: “Se posaron en la boca de Platón, cuando todavía era niño, presagiando el atractivo de su muy dulce elocuencia”, nos dice Plinio (XI,55).

Por cierto, las abejas, según el mundo clásico, renacen de las entrañas putrefactas de los bueyes o los novillos, como recoge buena parte de la Geórgica IV de Virgilio, conectando esta información con el mito de Aristeo, quien perseguía a Eurídice con malas intenciones cuando ésta fue mordida por la serpiente y murió. Al parecer, las ninfas amigas de Eurídice se enfadaron tanto que decidieron exterminar las abejas de Aristeo, quien tuvo que recurrir a su madre, Cirene, para conseguir más. La solución de su madre fue matar unos novillos y esperar a que de su vientre putrefacto nacieran las abejas, lo cual sucedió al cabo de nueve días.

La veneración por las abejas es tal entre los autores clásicos, que la extracción de la miel se expresa en términos religiosos, haciendo las purificaciones con agua de manantial y en silencio, como exige la fórmula sacra “favete ore”: “si alguna vez destapas la colmena augusta para quitar la miel guardada en sus tesoros, rociado primeramente con agua extraída, guarda silencio y lleva en la mano por delante una tea que extienda por doquiera el humo” (Virg.Georg.IV,282-232). Además, se le aplican los tabúes correspondientes para evitar la impureza: “se recomienda que retiren la miel hombres lavados y puros. Las abejas no pueden soportar el mal olor ni la menstruación de las mujeres” (Plin.XI,44).

Así pues, siendo las abejas sagradas, lo son también los productos derivados de la apicultura: la cera, el propóleo y, sobre todo, la miel, de la que hablaré a continuación.

El agrónomo Columela nos explica cómo recolectar la miel, usando humo “de gálbano o de boñiga seca” para ahuyentarlas y recogiéndola en vasijas de barro tras haberse filtrado desde un cesto de mimbre (RR,IX,15). El humo que se utilizaba para ahuyentarlas a veces contaminaba el sabor y el aroma de la miel, por lo que era más apreciada aquella que no tenía gusto a humo. Hablando de calidades, parece que primaba el concepto de denominación de origen y se consideraba la mejor miel (mel optimum) la de Himeto, en Grecia: “Este afamado néctar te lo ha enviado desde los bosques de Palas la abeja devastadora del Himeto de Teseo” leemos en Marcial (XIII,104) a propósito de un regalo de miel ática para alguno de los comensales de un banquete. La gran competidora era la de Hibla, en Sicilia, que tenía a su favor estar hecha de tomillo: “la miel de Sicilia se lleva la palma, porque allí el buen tomillo es abundante” (Varr.RR,3.16,14). Y aunque había otras mieles famosas en Calabria, Córcega o Taranto, la de Himeto siempre se llevaba la palma. El rico y hortera Trimalción presumía de producir su propia miel de Himeto en sus tierras itálicas, evitando las importaciones, para lo cual había conseguido traerse las abejas desde la misma Grecia: “Para producir en casa miel ática, mandó importar abejas de Atenas” (Petr.38,3), adelantándose dos mil años a la moda del “producto de proximidad”. Por cierto, en el Satiricón se menciona también la miel de Hispania: “El plato siguiente fue una tarta fría cubierta de exquisita miel caliente de Hispania. Por eso no probé bocado de la tarta, pero me atiborré de miel hasta aquí” (Petr.66,3).


Apicultura en Monte Cassino. De un manuscrito del siglo IX de la
Biblioteca Vaticana. Fuente: http://bibliotecagonzalodeberceo.com
La miel tiene numerosos usos en la cocina. Forma parte de la preparación de todo tipo de platos de carne y pescado, de salsas, de dulces diversos. Por ejemplo los lirones con miel y semillas de adormidera que se sirven de aperitivo en la cena del Satiricón (Petr.31,10). Forma parte también de la confección de bebidas conocidas como “vina condita”, que se forman especiando mucho el vino y añadiéndole miel, de manera que se consigue una bebida reconstituyente y energética que se conserva bastante bien. Apicio menciona un “Vino aromático extraordinario” (I,1,1) y un “Vino aromático de miel para el viaje, que se conserva siempre y pueden llevarse los que se van de viaje” (I,1,2), que van en esta línea. Entre las bebidas también podemos nombrar el oxýmeli (ojimiel), bebida medicinal que también lleva agua de lluvia y sal marina, mencionada por Dioscórides, Ateneo y Plinio; y el  hydromeli (hidromiel) o aqua mulsa, una bebida alcohólica formada de agua y miel, quizá la bebida alcohólica más antigua de la humanidad. Sin embargo, la presencia principal de la miel en las bebidas la recibe el mulsum, un vino condimentado con miel que se servía en la gustatio y en los postres, motivo por el cual Varrón dice que “el panal llega a los altares y la miel se ofrece al comienzo de los banquetes y a los postres” (RR,3.16,5). La literatura ofrece numerosas citas que hacen referencia a la calidad de los dos productos: “atrévete a despreciar una comida sencilla y a no beber sino miel del Himeto disuelta en Falerno”, por poner un ejemplo (Hor.Sat.II,2,15-16).
Cupidos sirviendo el vino. Casa de los Vettii, Pompeya.
Por otra parte, la miel -lo mismo que la sal- tenía un papel fundamental en la conservación de los alimentos, de ahí su gran consideración. Columela nos dice que “es tal la naturaleza de la miel que detiene la corrupción y no la deja hacer progresos” (RR, XII,45). Se utilizaba especialmente para conservar la fruta y así se podía disponer siempre de membrillos, peras, manzanas, higos, ciruelas… (Apicio, I,12,4-4; Colum.RR,XII,45). Servía incluso para conservar la carne sin salar, cubriéndola bien con miel, como nos dice Apicio (I,7,1).  De hecho, el optimismo en el poder conservante de este producto era tal, que impulsaba a los autores a hacer declaraciones como estas: “conserva también incorruptible por muchos años el cadáver del hombre” (Colum.RR,XII,45), o “el emperador Claudio escribe que en Tesalia un hipocentauro murió el mismo día de su nacimiento, y nosotros mismos, durante su principado, vimos conservado en miel uno que le habían traído de Egipto” (Plin.VII,35). Ahí es nada.

Por supuesto, semejante producto emanado de los mismos dioses no podía dejar de tener valores medicinales. Plinio hace un listado de virtudes salutíferas, entre ellas que es utilísima para la garganta, amígdalas y demás afecciones bucales, las enfermedades pulmonares, las heridas, el envenenamiento, los dolores de oído y hasta para eliminar los piojos (XXII,108). Para apaciguar la tos los médicos recetaban tortas impregnadas con miel, como le sucede a Partenopeo, quien finge seguir enfermo para seguir consumiendo miel como un niño pequeño: “Para aliviarte la garganta, constantemente irritada por una tos seca, el médico, Partenopeo, receta que se te dé miel, nueces, tortas dulces y todo aquello que impide que los niños estén enfadados. Pero tú no dejas de toser en todo el día. Esto no es tos, Partenopeo, es gula” (Mart.XI,86). También la recetaban los médicos para mitigar los excesos de la bebida y el resacón: “los médicos provocan el vómito a aquellos que se atiborran de muchísimo vino hasta el riesgo de morir, y tras el vómito, para combatir el humo del vino que se remansó en las venas, ofrecen pan untado de miel, y de este modo la dulzura protege al hombre del mal de la ebriedad” (Macr. Sat.VII,7,17). También el propóleo o própolis era útil para la salud. Plinio alaba sus virtudes para eliminar las espinas y los cuerpos extraños atrapados en la piel, así como reducir la hinchazón, suavizar los callos y durezas y facilitar la cicatrización de las llagas (Plin.XXII,107). Este uso tópico de la própolis lo confirma también Varrón, quien dice: “la usan los médicos en emplastos, por lo cual se vende en la Vía Sacra más cara que la miel” (RR,3.16,23). Aunque, todo hay que decirlo, Plinio nombra unos cuantos casos de muertes repentinas “famosas” -curiosamente todos estaban zampando o bebiendo- entre las cuales se hallan las de dos personajes del final de la República a los que no les protegió precisamente la miel: “el médico Lucio Tucio Vala (murió) mientras bebía vino con miel; Apio Saufeyo, al volver del baño después de haber bebido vino con miel y cuando estaba tomando un huevo” (VII,184). ¿Habrían hecho algo estos personajes para atraerse la ira de los dioses? Nunca lo sabremos, pero la gula se paga, e incluso las mismas abejas “se atraen las causas de su muerte, libando con avidez cuando se han dado cuenta de que se les arrebata la miel” (Plin.XI,67).

Prosit!

No hay comentarios:

Publicar un comentario