martes, 14 de mayo de 2013


REPRODUCIR MENÚS ROMANOS

Actualmente se está poniendo muy de moda la recreación histórica en diferentes ámbitos. Ya sean las batallas (las reinas de la recreación), los peinados, la moda o la medicina, parece que nos ha entrado a todos un ansia desmedida por reproducir el pasado. No podía ser menos la gastronomía, por la que siento, lo confieso, cierta debilidad.
Dejando aparte los motivos psicológicos o afectivos que nos inducen a todos a esta práctica recreacionista, la cuestión es que la comida de época romana últimamente arrasa. No hay evento que no incorpore un menú a la romana. Ahora bien, estos menús ¿son de verdad romanos? Dicho de otra forma, ¿se siguen fielmente las coordenadas de un menú que se hubiera comido Horacio, por ejemplo? ¿No están un poco adaptados a nuestro paladar y tiempo? ¿Un poco mucho?

Pues sí, queridos lectores. Los menús que ahora hacemos al estilo de son meras falsificaciones pasadas por el filtro de nuestro paladar actual. Para ser exactos, deberíamos quitarnos los zapatos y tumbarnos a la bartola, deberíamos comer con los dedos (todo lo más
una cuchara) y deberíamos acabar la comida con una corona de flores en la cabeza, para neutralizar los aromas digestivos y el alcohol ingerido. Deberíamos perfumarnos nada más acabar y deberíamos llevarnos las sobras en la enorme servilleta que nosotros mismos habríamos traído de casa. Sí, sí, lo sé, no es plan.
Sin embargo, hay otras cosas que quizá sí se podrían hacer y nunca se hacen. Para recuperar el sabor del pasado hay que intentar poner los alimentos del pasado. Hay que empezar con los aperitivos: huevos, altramuces, aceitunas, garbanzos fritos... (no me atrevo con los lirones). Seguir la prima mensa con alimentos ya cortados para tomarlos en porciones (con los dedos). Acabar con alguna torta dulce sin  demasiadas pretensiones. No poner jamás café. No mezclar alimentos de rangos diferentes: unos de lujo y otros de pobre...

Posiblemente no tendrían tanto éxito, pero serían más reales.  Desde aquí reivindico una cena romana de las de verdad: de las de platos que antes eran un exitazo, como las vulvas de cerda, como las lenguas de flamenco, como las ostras sepultadas en salsa de huevo. Reivindico la mezcla de vino y agua, reivindico el rex convivium que me diga cuánto he de beber, reivindico las ofrendas a los lares, reivindico  dejar en el suelo lo que cae y hasta reivindico el orinal en la mesa si hace falta. Comer como un romano, ni que sea por una vez, bien lo merece.



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