viernes, 16 de enero de 2026

LIMPIEZA DE COMEDORES Y COCINAS EN LA ANTIGUA ROMA

Rome ©HBO

El mundo romano celebraba cualquier cosa con un buen banquete entre familiares o amigos. Ya fuera un evento importante para la familia o un compromiso social, la cuestión es celebrarlo juntos en torno a una mesa: un nacimiento, una boda, la ceremonia de la toga virilis de tu hijo el mayor, la vuelta de un amigo tras un largo viaje, la cena de Saturnalia donde tu cuñado se viene arriba con las carreras de cuadrigas, el aniversario de la muerte de la abuela Cornelia, la venta de una casa, el cumpleaños del emperador…. En un buen convivium es necesario mostrar hospitalidad y esplendor, agasajar a los huéspedes con vino del bueno, música, bailes, chismorreo y un menú del que salgan satisfechos y con ganas de volver. Pero para quedar bien es necesario otro aspecto que por evidente no es menos importante: que todo esté limpio, reluciente.


La limpieza en el mundo romano está muy relacionada con la visibilidad de la domus y sus espacios públicos: el atrio, el vestíbulo y el triclinio. Estas son las estancias de la casa -junto con el tablinum- que se consideran visibles, abiertas a las visitas y por tanto susceptibles de ser juzgadas por quien pase por allí. Así que, antes de cualquier evento importante, como un buen convivium, deben quedar limpias y presentables. La limpieza, además de necesaria por cuestiones higiénicas, servía para lucir la vajilla y dar esplendor a los comedores y permitía quedar bien a ojos de los comensales. 


Para llevar a cabo una buena limpieza de la casa, un tanto más exigente de lo habitual cuando se tienen invitados a cenar, hace falta contar con un gran número de esclavos. Los esclavos son imprescindibles si se tiene una domus digamos de tamaño normal y se pretende servir una cena en un triclinio. Ellos serán los encargados de todas las tareas antes, durante y después de la cena. Actuarán allí donde se les haya destinado según sus capacidades y su lozanía, coordinados por un maestresala que vigilará que todo esté bajo control. Porque, claro, no es lo mismo un esclavo que otro. Algunos están destinados a la limpieza sin más, lavando ropa o fregando el suelo, pero otros, mucho más valiosos, están especializados: los cocineros, pasteleros, los trinchadores de carne o los escanciadores de vino. Así que, para empezar, hay que contar con un buen número de esclavos que ayudarán a hacer todas las tareas. 


Los preparativos para una cena que tendrá lugar en la hora nona (las 15:00 h aprox.) comienzan pronto, hacia la hora tertia (7:00 am aprox). Hay mucho que hacer, así que ¡a trabajar!


Esclavos trabajando. Tumba de Silistra, Bulgaria (izquierda); Villa del Casale, Sicilia (derecha)

Lo primero será adecentar el espacio visible, sobre todo la sala del triclinio. El amo coge una vara y con voz enfurecida empieza a dar órdenes:  

«Barre el suelo, deja las columnas resplandecientes, derriba esa araña arrugada con todas sus telarañas, que alguien friegue la vajilla de plata lisa, y otro, la cincelada.» (Juvenal Sat. 14,60). Los principales útiles de limpieza eran muy sencillos: vulgares escobas (scopae) hechas de hojas de palmera o de tamarisco, absorbente serrín (scobis) para los suelos, varas o pértigas (perticae) o incluso cañas (harundines) para llegar a las telarañas de puertas y rincones del techo, esponjas (spongiae) y agua para limpiar columnas, pavimentos de mosaico y mesas. Con esto, y con bayetas (gausape) y trapos (mappae) se llevaba a cabo la labor básica de limpieza (reservando las bayetas más finas para impresionar durante la cena, por supuesto).

También contaban con algún tipo de cubos o regaderas (nassiternae) para una limpieza un poco más exhaustiva que el barrido. Este baldeo viene bien para los suelos de la entrada, quizá más sucios de la cuenta porque se pueden acumular pegotes de barro y hasta cacas de perro (Juv.Sat.14,65). Nada que no se arregle con agua y con medio cubo de serrín.


Además, hay que abrillantar la vajilla para que luzca en todo su esplendor, tal como leemos en muchos fragmentos: “Ten limpia la plata y ponla en la mesa”, (Plauto Psued. 163), o “limpia en tu honor la vajilla reluce” (Horacio, Epist. I,7). Y para eso lo mejor era la tierra arcillosa (creta).  Se trata de esa vajilla que en su día costó un riñón y que solo se exhibe en ocasiones, como la de la cena de hoy. Quedarás bien si consigues “que la copa y el plato reflejen tu imagen como si fueran espejos” (Hor. Epist.I,22). No olvidemos tampoco los pegotes en el fondo de las cráteras de vino.


También toca preparar los divanes y comprobar que toda la ropa de mesa esté impoluta: manteles, servilletas, cobertores, cojines… Comprobar que estén limpios y que hayan sido guardadas en fundas lavadas. “Que ni un cobertor raído ni una servilleta sucia te hagan arrugar las narices”, exige Horacio (Epis.I,25). ¿De qué te sirve preparar un jabalí a la salsa de garum traído de Hispania si luego la tela sobre la que se ha de reclinar tu tío, senador para más señas, está llena de lamparones resecos? Peor aún, imagínate permitir que tus invitados se tumben en un lectus comido de chinches solo por descuidar el control de la ropa de comedor. No hay excusas, quedar bien es una exigencia. 


Ojo también con las decoraciones del techo, que igual llevan ahí desde los tiempos de Cronos. Es justo lo que pasó en la famosa cena de Nasidieno, el nuevo rico. Imagínate la escena: en la mesa, una morena extendida sobre quisquillas vivas; él, regalando los oídos de los invitados con prolijas explicaciones sobre la salmuera que sueltan los erizos, y de repente los paramentos que colgaban del techo “se desplomaron con todo su peso sobre la fuente, levantando una polvareda negra tan grande como la que el aquilón levanta en las tierras campanas” (Hor. Sat. II,8,55). Resultado, los invitados muertos de risa y Nasidieno, la comidilla de toda Roma.

Así que toca revisar los toldos y cortinajes teñidos de rojo púrpura, para que cumplan con su función decorativa y no te fastidien la fiesta.


Todas estas son tareas tediosas que hacen los esclavos ‘del montón’, los que no son especialistas en nada ni tampoco son ni muy guapos/as ni jovencitos/as, ya que estos se destinan al noble arte de escanciar el vino o de servir los platos en el comedor.

El personal dedicado a la limpieza (los analecta, los scoparii), en cambio, solía llevar la barba y el pelo rapados como medida de higiene y practicidad. Sobre todo si también rondaba por las cocinas.


Museo della Civiltà Romana. Roma


Hablando de cocinas, echemos un vistazo adentro para ver cómo se las apañan los esclavos. 


Cabe decir que la cocina (culina) se considera un espacio puramente servil, necesario pero incómodo. Son pequeñas, tienen poca ventilación, oscuras, grasientas y malolientes. Además, en ellas se acumula mucha gente que entra y sale y que toquetea la comida. Allí se encuentran los cacharros de cocina, las escobas, los cubos y no descartemos que sea el lugar donde duerme algún esclavo. Justo por eso se alejan lo más posible de los comedores, para que los humos y olores pegajosos no estropeen la experiencia de la cena.


La cocina es el espacio principal donde se van a manipular los alimentos, por lo que la higiene es absolutamente necesaria. Allí se lavan los cacharros, se amasa el pan, se preparan las conservas, se cortan los alimentos, se calienta el agua, se cuece la verdura, se marina la carne y se deja en la fresquera… En el mundo romano, como en la actualidad, se exige pulcritud y limpieza por parte de toda persona que manipule los alimentos, así como una rutina de lavado y retirada de residuos que garantice que todo esté en buen estado y delicioso. 


Los estándares de limpieza son exigentes, pese a las limitaciones. Los textos dedicados a recetas o conservas nos hablan de tablas de cortar, de ollas, de sartenes y cazuelas, de esponjas, todo ello limpio (mundus) o nuevo. También se intenta que el personal de cocina observe unas normas higiénicas básicas. Como he dicho, en las angostas cocinas circula mucha gente (los pinches, los despenseros, los panaderos, los pasteleros, los jefes de cocina, los ayudantes…) y se tiene conciencia de que el manoseo descontrolado no es nada bueno. En palabras del poeta Horacio: “Gran repugnancia provoca al estómago el siervo que manosea una copa con las manos pringosas de lo que furtivamente ha lamido” (Sat. II,4,78).

Las personas encargadas de cocinar o preparar conservas debían cumplir con un requerimiento: abstenerse de las artes de Venus. En todo caso, si se ha incumplido esta norma, lo cual es fácil, antes de tocar la comida se deben lavar a fondo: “de suerte que un hombre o una mujer casados, antes de llegar á estas cosas, deben bañarse en un río o en otra agua corriente” (Col.RR.12,4). 


Recreación de cocina con letrina. Derecha: letrina 'oculta' bajo las escaleras del piso superior en la cocina de la Casa del Gran portal, Herculano. Fuente y Fuente

Mantener las cocinas limpias y libres de agentes contaminantes no es fácil. Conviene tener siempre agua limpia, para cocinar y para limpiar. Aunque algunas domus han conseguido tener agua corriente en casa todos sabemos que no es nada fácil, hay que recurrir al soborno de los aquarii o tener mucha influencia para conseguir un permiso del emperador que presentar al curator aquarum. Lo habitual es enviar a los esclavos a la fuente y aprovechar el agua recogida en el impluvium para fregar los cacharros en el barreño o en el fregadero. 

Esta misma agua de fregar los platos sigue su camino hacia la letrina, así se aprovecha al máximo. Sí, la letrina en la misma cocina, al lado de donde se limpia el pescado igual es un poco antihigiénico, no digo que no. Pero la letrina está ahí por puro pragmatismo, por aprovechar un agua residual que, finalmente, acabará en la calle y, con suerte, en la cloaca. Lo mejor es separarla un poco, situarla bajo una escalera o ponerla tras un pequeño tabique, así molesta menos. Pero no olvidemos que es una zona servil y ni tú ni tus invitados vais a pasar por allí.


Es ya la hora nona y la casa se ha llenado de invitados. Saludos, lavado de pies, cambio de túnicas, risas y traslado al triclinio. La limpieza a fondo ha sido efectiva y todo está resplandeciente. Durante la cena, unos cuantos esclavos se encargan del servicio en el triclinio. Son los diferentes ministratores, escogidos por su buen aspecto. Los más apreciados son jóvenes, guapos, griegos, eficientes… Visten túnicas de colores vivos y lucen sus melenas rizadas a lo Ganímedes. Estos lavan las manos de los comensales, presentan los platos y escancian el vino. No mucho más. 

En cambio los esclavos no decorativos seguirán su ingrata labor de limpieza a lo largo de la velada: “Cuando estamos recostados para la cena, uno limpia los esputos, otro agazapado bajo el lecho recoge las sobras de los comensales ya embriagados” (Sen.Ep.47,5). Los comensales, recostados sobre los divanes, son bastante comodones y van a intentar por todos los medios no tenerse que levantar. Chasquean los dedos para pedir cualquier cosa, incluido un orinal (matellam), aunque no es lo habitual y, desde luego, no es algo que esté bien visto. Ya sabemos que el comportamiento de algunos deja mucho que desear. 


Lavado de manos Villa del Casale, Piazza Armerina,  Sicilia


Tras los platos principales, y antes de que lleguen los postres, se retiran las mesas, se ofrece agua para lavar las manos y se limpia el suelo. Hay que decir que en las cenas romanas es habitual tirar los desperdicios al suelo, porque para eso hay esclavos que los recogerán. Pero para no molestar durante el servicio, los desperdicios se quedan ahí hasta la pausa habitual entre la prima y la secunda mensa. Así que en este momento, como he dicho, se retiran las mesas y se adecentan con una bayeta de lana teñida de púrpura, que son los trapos más delicados y adecuados para la situación. El suelo se barre, pero no a escobazos, que no queda nada elegante. Los esclavos se afanan con recogedores un poco más finos hasta no dejar rastro de cáscaras de caracoles, huesos de cerezas ni dátiles caídos. Después se purifica el piso con serrín, pero coloreado de azafrán y bermellón. O también con mica molida hecha con lapis specularis, como en la cena de Trimalción. Esta lustratio, auténtico ritual de purificación, se completa con una ofrenda a los Lares, los dioses del hogar. A ellos se les brindan libaciones de vino y, como ofrenda, los restos de comida que habían caído al suelo y que solo por eso ya pertenecen al mundo de los familiares muertos que viven en el inframundo, los Manes. El ritual, entre religioso e higiénico, da pie a los postres que llegan en mesas nuevas, que para eso se llaman ‘secunda mensa’.


La cena ha sido todo un éxito. Una vez acabada, los esclavos volverán a adecentar el suelo con agua y serrín. Platos, copas y bandejas pasarán por el fregadero de las cocinas. Se lavará la ropa de mesa y se guardará debidamente en fundas limpias y en armarios o arcones de madera o bronce junto a la vajilla de plata en espera del siguiente convivium.


Armario. Antiquarium Herculano

Prosit!


domingo, 26 de octubre de 2025

DIS MANIBUS. EPITAFIOS ROMANOS CON ASUNTO GASTRONÓMICO


Más del 70% de todas las inscripciones romanas que se conservan son lápidas funerarias. Gracias a ellas podemos asomarnos a la vida privada de los habitantes de Roma: magistrados, artesanos, sacerdotes, gladiadores, esclavos… Gente de todo tipo y condición que decidió dejar huella tras su paso en este mundo.


La mentalidad romana consideraba que los difuntos seguían de alguna manera vivos siempre que se los recordase. Así que se esforzaban bastante en descansar en una tumba bien indicada, facilitando su identificación a familiares, amigos y curiosos. Esos familiares cumplirían con todos los ritos propios del culto doméstico, al que se habían incorporado los difuntos como Manes o divinidades propias de la familia. Recibían ofrendas en fechas señaladas (las Parentalia, las Feralia, las Caristia, las fiestas de los Lares Tutelares…) y sus parientes iban al cementerio en los aniversarios del nacimiento (dies natalis) y muerte (dies mortis), donde celebraban un banquete fúnebre en el que compartían la comida con el propio difunto, siempre con la intención de recordarlo y considerarlo aún parte de la familia.


Además de descansar en una tumba bien indicada y confiar en la memoria de sus parientes más cercanos, se esforzaban mucho en redactar un epitafio que contribuyese a fijar la información del difunto a modo de microbiografía. 


En general, los epitafios cuentan con fórmulas funerarias y de consagración, y una serie de datos personales como el nombre y la edad del difunto al morir, el nombre de quién le ha dedicado la tumba y el parentesco que les une, y datos biográficos como la profesión o el cargo si es que se había dedicado a la política. Estos epitafios son verdaderas instantáneas de la vida cotidiana donde los difuntos nos cuentan en pocas palabras qué es lo que los definía mientras estaban entre los vivos, de ahí su extraordinario valor.


Con este artículo, pues, vamos a revivir la memoria de algunas personas cuya tumba o epitafio los relaciona con el tema que nos interesa: la alimentación.


Comenzamos nuestro homenaje con un clásico de las tumbas romanas: la de Eurysaces el panadero.


Marco Virgilio Eurysaces vivió en Roma a finales de la República. Podríamos decir que fue todo un emprendedor, que consiguió tal fortuna que pasó de ser esclavo a ser un pez gordo. Su tumba tiene un tamaño considerable, está construida con mármol travertino nada menos y se situaba cerca de una de las entradas a la ciudad, entre la vía Praenestina y la Labicana. Semejante tumba de carácter monumental muestra el oficio que enriqueció a su dueño: la panadería. Y lo muestra con todo lujo de detalle, porque toda la tumba es una referencia a la elaboración del pan. En las fachadas de los tres lados conservados se observan, por ejemplo, unos cilindros huecos que se interpretan como bocas de horno, o medidas del grano, o recipientes donde se mezclaba la masa del pan. Y en el friso de la parte superior vemos todas y cada una de las fases de creación del pan, con todo lujo de detalles: la molienda del grano, el tamizado de la harina, la fase de amasado, el horneado, el transporte de panes en cestas… Lo dicho, el proceso completo. Incluso hay una referencia en la lápida dedicada a su esposa, Atistia, quien compartía tumba con él y cuyos restos se encuentran en una urna con forma de cesta de pan, un ‘panario’, según reza la inscripción: 


Fuit Atistia uxor mihei femina opituma ueixsit quoius corporis reliquiæ quod superant sunt in hoc panario


No es la única inscripción. En la tumba monumental leemos el nombre del orgulloso protagonista:


est hoc monimentum Margei Vergilei Eurysacis pistoris redemptoris apparet 


Tumba de Eurysaces

Eurysaces y Atistia
Su nombre sin filiación alguna sigue la nomenclatura típica de los libertos, en la que destaca el cognomen de origen griego (Eurysacis) y el nomen de la familia del patrono al que había pertenecido (Vergilei). Su nombre, su oficio y lo monumental de la tumba hacen pensar que sería un nuevo rico, alguien orgulloso del dinero que había hecho en vida y que no tenía reparos en mostrarlo en una tumba que quizá no era elegante para la estética del momento pero que dejaba bien claro quién había sido en vida. Incluso incorporó un relieve de él mismo y su esposa Atistia, mirándose recatadamente el uno a la otra, él vestido con toga y ella envuelta en un manto y peinada a la moda. 


La inscripción nos  aclara cómo hizo fortuna, puesto que era panadero (pistoris), contratista (redemptoris) y funcionario público (apparet). Por tanto, Eurysaces no solo era panadero, era alguien que trabajaba para el Estado y proporcionaba los panes que se repartían en las distribuciones gratuitas para la plebe. Además, era proveedor oficial de algún senador, magistrado o sacerdote. Eurysaces es ejemplo de una nueva clase social emergente a finales de la República: la de los libertos enriquecidos que carecen de nobleza pero acumulan un gran patrimonio.


Maximino, el mercader de trigo


Maximinus, qui vixit annos XXIII, amicus omnium


Así de corta es esta inscripción, que carece de otras fórmulas. Procede de Roma y se encuentra en el Lapidario Cristiano de los Museos Vaticanos. 

Por el texto, sabemos que Maximino vivió 23 años y que era ‘amigo de todos’. Poca cosa. Pero en la parte inferior existe un grabado muy revelador: a un lado un modio lleno de grano; al otro el joven Maximino, vestido con túnica y sosteniendo en la mano la vara con la que controla que no haya ni más ni menos trigo del que debe. Así que Maximino era un mercader de grano, alguien con un papel importantísimo en la economía romana: dedicarse a la compra y venta de cebada, trigo, mijo o espelta, cereales para alimentar al pueblo de Roma. El grano se almacenaba en los grandes horrea, y de estos almacenes se distribuía al pueblo en los mercados a través del control de la Annona. En la imagen vemos un modio, que es tanto una medida de capacidad (equivalente a 8,75 litros) como el recipiente que la contiene: una especie de cubeta de tres patas que, en el epitafio de Maximino, está llena a rebosar, mostrando la generosidad de ese ‘amigo de todos’. 


Sentia Amarantis, la tabernera de Emerita Augusta


En el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida se encuentra una lápida con un relieve de taberna y una inscripción. La escena muestra a una mujer con cabello recogido o corto, vestida con túnica larga y cinturón, que está llenando una jarra con el vino que sale de un tonel. Bajo el enorme tonel, la inscripción: 


“A Sentia Amarantis, de 45 años. Sentio Victor mandó hacer el monumento a su esposa queridísima, con quien vivió 17 años”.


Sent(iae) Amarantis / ann(orum) XLV Sent(ius) / Victor uxori / carissimae f(aciendum) c(uravit) cun cua vix(it) ann(os) XVII


Sentia Amarantis compartía la profesión de tabernera con su marido, Sentio Victor, quien le dedicó la lápida. Su trabajo consistía en despachar vino y posiblemente algunas tapas sencillas en una taberna vinaria, a juzgar por el enorme protagonismo que cobra el tonel en el relieve. No es la única referencia que tenemos de mujeres que se dedicasen a este oficio. 

Aunque en los textos las taberneras (coponae) o camareras (puellae) siempre tienen mala prensa, lo cierto es que no siempre se trataba de chicas desvergonzadas y casquivanas. A veces, como en el caso de Sentia Amarantis, solo eran personas decentes que querían ganarse la vida.


El suarius de Bononia


El único anónimo de este elenco corresponde a un suarius, un pastor de cerdos, siete en concreto, que se conserva en una estela del Museo Cívico Arqueológico de Bolonia (CIL XI, 6842). Nuestro suarius, que vivió a finales el siglo I o principios del siglo II en la romana Bononia, se dedicaba a la explotación de cerdos y muy posiblemente también a la elaboración de embutidos, pues esta estela se relaciona con otra en la que aparece representado un mortero doméstico con su pistillum, que son los útiles necesarios para elaborar embutidos (CIL XI, 6841). Ambas lápidas forman parte del mismo complejo funerario, y nos informan de la identidad del difunto a través de los relieves y de la inscripción funeraria, aunque hemos perdido el nombre del protagonista.


La carne de cerdo era la más consumida por el pueblo romano con diferencia. Como dice Plinio, tenía más de cincuenta sabores y alimentaba a patricios y plebeyos por igual. Por otra parte, en la culinaria romana triunfaban las salchichas, butifarras, morcones, morcillas, salchichones, longanizas y hasta una especie de mortadela que se hacía con mirto (el murtatum) y que procedía justamente de Bononia, la antigua Felsina etrusca. ¿Haría mortadelas primitivas nuestro suarius en su granja de cerdos? Lo cierto es que la producción y venta de farcimina permitieron a nuestro anónimo difunto obtener la libertad y ganarse muy bien la vida, tanto como para encargar el monumento funerario para sí mismo, para su esposa y para su patronus.


El charcutero Alexander


Alexander también se dedicaba al sector cárnico. Fue un vendedor de salchichas en el mercado que vivió tan solo 30 años. Una lápida de mármol redonda como si fuese una rodaja de mortadela gigante dice así:


Alexander, bu[t?]ularus de macello q vixit annis xxx anima bona omniorum amicus dormitio tua inter dicaeis 


Es decir: “Alejandro, bu[t?]ularus en el mercado, que vivió 30 años. Un alma bondadosa y amigo de todos. Que tu sueño sea entre los justos”.


La lápida, que se conserva actualmente en el Ashmolean Museum de Oxford, data del siglo III o IV aC, fue encontrada en una catacumba judía y, además, lleva inscrita una Menorah de siete brazos. Aparece además la palabra ‘dicaeis’, procedente del término griego ‘dikaioi’, que se usa para traducir el hebreo ‘tsadiqim’ (los justos). Así que sí, Alexander era un mercader judío.


Se ganaba la vida como botularius, es decir, como vendedor de salchichas, tenía un puesto en el mercado y le iba muy bien. No sería un simple vendedor ambulante como los botularii que menciona Séneca y que lo ponían enfermo con sus gritos en medio de la calle, sino un charcutero de los buenos que tendría un puesto en el mercado donde, imaginamos, vendería embutidos de calidad.

Está claro que los embutidos de Alexander no serían de cerdo, los más populares, ni de ninguna otra carne que no fuera kosher.

Alexander elaboraría lucanicae o isicia bubularum, es decir, de carne de ternera o de buey, como las que se documentan en el Edicto de Precios de Diocleciano, que, por cierto, no eran nada baratas: las salchichas ahumadas al estilo de Lucania costaban diez denarios la libra (327,45 gr), que es casi lo que costaba un garum de segunda o la libra de venado.

De hecho, existen dudas razonables sobre si lo que pone en la lápida es ‘butularius’ o ‘bubularius’, lo cual sugiere que podría ser un comerciante a gran escala de productos de vacuno, aunque su ubicación comercial en el macellum lo acerca más a un buen charcutero.


Aulo Umbricio Scauro, el hijo del fabricante de garum


“Para A. Umbricius Scaurus, hijo de Aulus, de la tribu Menenia, duunviro con poderes judiciales, los decuriones decretaron que esta tierra fuese cedida para su monumento, junto con 2000 sestercios para costear su funeral y una estatua ecuestre en el Foro. Scaurus, el padre, a su hijo”. 


a(ulo) umbricio a(uli) f(ilio) men (enia)/scauro/ii vir(o) i(ure) d(icundo)/ huic decuriones locum monum(enti)/et hs ∞∞ in funere et statuam equestr(em)/in foro ponendam censuerunt/scaurus pater filio



El padre de Aulus Umbricius Scaurus procedía de una gens que se instaló en Pompeya allá por el siglo I dC. Allí se convirtió en millonario, en un homo novus que hizo fortuna con una gran actividad comercial de fabricación y venta de garum, la famosa salsa de pescado que servía como condimento universal en los platos romanos. Perfeccionó su propia fórmula y se convirtió en el principal productor de esta salsa en la zona vesubiana. Hizo fortuna, se compró una de las mejores casas cerca del centro y la restauró a la moda incorporando unas termas, un jardín rodeado de un pórtico y un pavimento personalizado en el atrio que mostraba cuatro ánforas con el producto que lo había hecho millonario. Este homo novus no entró en política pero sí consiguió el acceso a un cargo para su hijo, el difunto Aulus, muy posiblemente favoreciendo a la ciudad con donaciones. Con esta práctica del evergetismo consiguió el favor de los poderosos, y abonó el terreno para la carrera política de su hijo, que fue duunviro con poderes judiciales. Según leemos en el epitafio, los miembros de la curia le cedieron el terreno para la sepultura, pagaron el funeral y erigieron una estatua ecuestre al hijo, posiblemente para honrar también al padre.  


El chef de la Gallia Narbonensis


En el Museo Narbo Via se encuentra una fantástica pieza dentro de la colección de la galería lapidaria: la tumba de Manius Egnatius Lugius, que reza así:


Vivit / M(anius) Egnatius / Lugius cocus / Antistia |(mulieris) l(iberta) Elpis / contuber(nalis) / p(edes) q(uoquoversus) XV  (CIL XII, 4468)



Y en medio de la inscripción, un enorme cuchillo que, a mi entender, es de cocina. Porque Manius Egnatius Lugius trabajaba de
cocinero (cocus), y encargó la estela funeraria conjunta para sí mismo y para su compañera de vida, la liberta Antistia Elpis. Por cierto, el recinto mortuorio tenía casi 20 m2. El cuchillo, trazado de forma bastante esquemática, se reconoce perfectamente y es el símbolo de su profesión. Es de hoja ancha y robusta, afilado en la punta y con pinta de cuchillo multiusos. ¿Se trata de un cocinero común y corriente? Seguramente, aunque prosperó lo suficiente para costearse la tumba y dejar su nombre para la posteridad. Ya decía Plinio que “los cocineros están al precio de tres caballos” y que conseguían hundir la fortuna de su amo (NH IX,67), porque lo que empezó siendo un oficio servil sin gracia ninguna con el tiempo fue considerado un arte




Primus, el comensal epicúreo


Hoc ego su(m) in tumulo Primus notissimus ille.

vixi Lucrinis, potabi saepe Falernum,

balnia vina Venus mecum senuere per annos.

  hec ego si potui, sit mihi terra lebis.

et tamen ad Manes foenix me serbat in ara

  qui mecum properat se reparare sibi.  (CIL XIV 914)


“Yo, el famoso Primus, yazgo en esta tumba. Me alimenté de lo que da el Lucrino, bebí Falerno, las termas, el vino y el amor me acompañaron hasta la vejez. Si pude hacer todo esto, que la tierra me sea leve. Pero junto a los Manes un fénix me espera en el altar, y está deseando renovarse conmigo.”


Aunque él se considera muy famoso, sabemos poco de Primus. Sabemos, eso sí, que le preocupaban poco las formalidades sintácticas, ortográficas y métricas, ya que el epitafio está lleno de vulgarismos y dísticos irregulares. Y sabemos también que se dedicó a vivir plenamente disfrutando de los placeres de la vida: los balnearios, el amor y la buena mesa. La fórmula que emplea es la típica de los textos para resumir una vida dedicada a la juerga: vinum, balneum, venus; lo mismo que prohibían los médicos para mantener la salud.

Primus es un epicúreo que se alimentó del producto del Lucrino, es decir, de ostras, y de vino de Falerno, por lo que se ha ganado un puesto de honor como ejemplo de comensal gourmet. El epitafio quizá iba acompañado de una representación del ave fénix, símbolo de resurrección en el mundo antiguo, especialmente en el paleocristiano. Primus es el hombre campechano y disfrutón cuyo epitafio es un auténtico ejemplo de carpe diem.



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Eurysaces, Maximino, Sentia…. no son los únicos cuya tumba hace referencia a una vida dedicada a la comida de un modo u otro. Podríamos hacer una lista larguísima y no acabaríamos: Felicissima, vendedora de aceite; Pollecla, que vendía cebada en la Vía Nova, cerca de las Termas de Caracalla; Tiberius Iulius Vitalis, carnicero, cuya esposa le dedica una estela donde se le ve manejando su cuchillo junto a una exhibición de sus mejores cortes de carne; Primitivo, Adotato y Restituto, también carniceros; Pompeiano Silvino, que regentaba una taberna vinaria en Augusta Vindelicorum, en la lejana provincia de la Raetia; Mercurio, que era panadero; Leopardo, que vendía pasteles; Ursa, vendedora de fruta; Pomponio Félix y Quinto, ambos lecheros; Julio Mario Silvano, que fue pescadero; Aulio Maximo y Aulia Hilaritas, que vendían conservas; Eros, un cocinero previsor que se fabricó tres lápidas, una para cada etapa de su vida: esclavo en las cocinas de un tal Posidipo, administrador y finalmente liberto… Tantos y tantos a los que hoy, con este artículo, les devolvemos a la vida.  A todos ellos, que la tierra os sea leve.



Imágenes

Portada: epitafio del cocinero Eros, CIL VI 9261. Museo Nacional Romano – Termas de Diocleciano en Roma

Fuentes: wikipedia.org, ancientrome.ru, comune.roma.it, planetahumanes.wordpress.com, cultura.gob.es, informa.comune.bologna.it, images.ashmolean.org, marcusofcapua.wordpress.com, odysseum.eduscol.education.fr