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domingo, 13 de septiembre de 2026

MOSAICO ROMANO CON MENÚ INCLUIDO. LA DOMUS DE LA CENA BUFFET DE ANTIOQUÍA


En el Museo Arqueológico de Antakya (o Antioquía), en Turquía, se encuentra un mosaico fantástico que representa todo el menú de una cena de categoría. Data de finales del siglo II o principios del III y da nombre a la domus, conocida como la Casa de la Cena Buffet. Fue una de esas residencias enormes, con lujosas habitaciones pavimentadas con motivos geométricos y mitológicos, con peristilo, jardín y todo tipo de comodidades, que perteneció sin duda a una familia importante de lo que entonces era la capital de la provincia romana de Siria.


La cuestión es que una de las habitaciones, la que servía como comedor, estaba pavimentada con un mosaico fantástico que tenía como figura central a Ganímedes en modo copero de Júpiter. Todo el programa iconográfico del mosaico está pensado para ser una exaltación del banquete y, en consecuencia, del anfitrión. Aunque está estropeado por diversos puntos, la parte conservada nos da una información muy valiosa sobre la realidad gastronómica de los festines romanos. Voy a ello.



Para empezar, el mosaico tiene dos partes. La primera tiene planta cuadrangular y representa una fase de la preparación de la cena. En ella se aprecian varios servidores captando diferentes tipos de aves. A la izquierda, un esclavo compra o simplemente recoge lo que parece una perdiz extraída de una jaula. Muy posiblemente se trate de ejemplares que proceden de un aviarium, un lugar dedicado a la cría de aves que resultaba un negocio muy rentable para abastecer la alta cocina de la antigüedad. En la escena, los esclavos pueden estar adquiriendo las aves o bien pueden estar seleccionando algunas del aviario propiedad del mismo dominus de la casa, ya que este tipo de negocio era una explotación típica de los patricios. Otras aves representadas son los pavos reales y lo que parecen francolines y grullas. Todas estas aves están documentadas en los textos de los agrónomos como muy rentables para la cría y venta posterior, además de aparecer también documentadas en las mesas patricias. Así que el mosaico revela que la cena tendrá como plato fuerte la carne de aves, uno de los alimentos favoritos de las élites.  



Esta parte del mosaico también muestra en el centro una gran crátera de bronce donde se mezclará el vino con agua, puesto que beber vino puro no era buena idea. El vino de la antigüedad era muy fuerte, y se debía rebajar para poder disfrutar más tiempo de él sin caer redondo a la primera. De hecho, el vino puro se reservaba para las libaciones y poco más, porque beber vino puro era cosa de salvajes. Generalmente, los comensales se ponían de acuerdo en la proporción de vino y agua, pero en caso de que no fuese así, existía la figura del rey del convivium (a menudo el mismo anfitrión), que tenía como función decir cuántos brindis se tenían que hacer y marcar la proporción de vino y agua. Ateneo de Náucratis en su Banquete de los eruditos (Libro X) explica las combinaciones más habituales, desde las más moderadas (cuatro partes de agua por una de vino), hasta la más atrevida (mitad y mitad), aunque parece que la más común debía de ser la de tres partes de agua por una de vino

En todo caso, si las aves anticipan los alimentos que se van a consumir durante el festín, la crátera representa la bebida que protagonizará la sobremesa, la comissatio.




La segunda parte del mosaico es la que le da el nombre porque representa la secuencia de los platos tal como se debían servir en los convivia. Me refiero a que se puede observar tanto el orden de servicio como la manera de servir los platos, y esto es muy interesante.


Se trata de un mosaico de forma semicircular que marca el espacio de un stibadium, es decir, un tipo de diván o de lecho con esa misma forma que se puso bastante de moda hacia el siglo III y que sustituye al clásico triclinio de tres lechos. Esta parte semicircular engloba una representación de Ganímedes como copero de Júpiter, lo cual sirve para indicar a los comensales la categoría del festín, igual igual que el de los dioses.


Lo interesante de verdad está en la representación de los platos de la parte semicircular.

Comienza el desfile una bandeja, posiblemente de plata, con los aperitivos. La bandeja tiene servicio para dos, para compartir, tal como debían de traerse a las mesas. En ella se observan dos huevos servidos en recipientes individuales. Muy posiblemente son huevos pasados por agua, y lo sabemos también por la presencia de dos cucharas, dos cochlearia, que servían justamente para los huevos cocinados así, además de para extraer los caracoles de sus cáscaras. Empezar los banquetes con huevos es todo un clásico, como indican las palabras de Horacio: ab ovo usque ad mala (“del huevo a la manzana”), refiriéndose a que se comenzaba con huevos y se terminaba con manzanas (Sátiras I,3). La bandeja de la gustatio incorpora también dos vegetales. Según leemos en los textos, era bastante habitual iniciar los festines con lechugas, coles, puerros u otras hortalizas, que se aliñaban con vinagretas o salsitas a base de pimienta, aceite, garum  y otros condimentos. En la bandeja observamos lo que podrían ser alcachofas o cardos, o quizá podría ser algún bulbo. La posibilidad de que sean alcachofas la recoge el arqueólogo Doro Levi en su estudio, ya clásico, Antioch Mosaic Pavements (1947), pero cabe recalcar que las alcachofas del siglo III no tienen por qué ser como las que tenemos ahora. De hecho, podrían ser cardos comestibles o cardos silvestres o cualquier especie de alcachofa que no sabemos identificar. O podría ser cualquier otra verdura o bulbo. 



La bandeja de aperitivos se completa con lo que parecen dos manitas de cerdo (ungellae), bien golosas y tiernas. Al mundo romano le encantaba la casquería de todo tipo, las manitas, el morro, las orejas, las tetillas, los callos… Formaban parte del capítulo dedicado al Cocinero suntuoso del libro de Apicio, así que eran golosinas de lujo y su presencia estaría bien justificada en la bandeja de este mosaico. 

Por último, un pequeño recipiente con un líquido rojizo en el centro de la bandeja. ¿Es vino? ¿O es una salsa? Podría ser una a base de garum, pimienta y asafétida para bañar las manitas, o de garum, aceite y vino para acompañar la verdura.


Cabe decir que entre unos pases y otros, el mosaico representa una gran copa de vino (tipo skyphos de metal), panes redondos (sin duda de la mejor harina refinada, panis siligineus), algunas aves colgadas -tal como debían reposar en las cocinas- y algo que, en apariencia, son salchichas o embutidos. 



Las siguientes bandejas visibles del mosaico forman parte de los platos principales, la prima mensa. El primero es un plato de pescado, servido entero en una gran bandeja de plata. Llega así, entero, para regocijo de la vista y para entretenimiento de los comensales, porque una vez en la mesa, los esclavos expertos en cortar y servir lo debían trocear para convertirlo en porciones individuales que se podían tomar elegantemente con los dedos. No se aprecia qué pescado puede ser, pero considerando los favoritos de las élites podría tratarse de un salmonete, una sarda, un barbo, una caballa, un dentón, una dorada… Por el aspecto, no parece un rodaballo ni un atún ni una anguila, aunque estos también tenían mucho éxito. El pescado, asado, hervido, en fritura, guisado, relleno o en papillote de papiro, se servía siempre con una salsa adecuada, por lo general compuesta de múltiples condimentos tan caros como el mismo pescado. Una ojeada al recetario de Apicio nos da idea de las múltiples posibilidades con las que contaban los habilidosos cocineros: a la alejandrina, con eneldo, con piñones y dátiles, con hierbas frescas y vino dulce, con vinagre y miel, con yema de huevo, con mostaza, con garum y aceite… El pescado (y su salsa) era todo un lujo que abría la lista de los platos principales.



La secuencia de la prima mensa continúa con otra bandeja en la que se aprecia lo que bien podría ser una pata de cerdo (perna) o un codillo de los grandes (acronem). 

La pata o paletilla de cerdo aparece en tres recetas de Apicio. En la primera la pata se cuece con higos; posteriormente se rocía con miel y se envuelve en una costra de harina y aceite. Después se hornea. La tercera es muy parecida, pero se hornea sin capa protectora y con salsa. La segunda simplemente se cocina con agua e higos secos y se sirve con pan de mosto y vino dulce. 

Cualquiera de las tres se puede ver representada en la bandeja de este mosaico.



Desgraciadamente, la pieza está muy deteriorada en esta parte y no podemos disfrutar del resto del menú en su totalidad. Sin embargo, se observa una pequeña parte de otro de los platos principales: una bandeja con bordes dorados que contiene una enorme ave de corral cebada. Las aves son uno de los platos más apreciados por las élites. Golosas, grasientas, suculentas, las aves de corral bien cebadas costaban un ojo de la cara: pollos, gallinas, patos o gansos se criaban para el engorde y no estaban al alcance de los bolsillos más humildes. Lo que se ve en el mosaico es un ave entera, enorme, que se presentaría así en el comedor y después sería trinchada y repartida por cocineros profesionales, expertos en los cortes de carne. Como en los casos anteriores, una ojeada al recetario de Apicio nos indica una grandísima cantidad de salsas para acompañar las aves: con nabos, con ciruelas de Damasco, con piñones y dátiles, con mostaza, con calabaza, con garum, a la pimienta, al modo de Numidia, al modo de Partia, con gachas de leche, con salsa blanca…

Y posiblemente no es el único volátil que se serviría, a juzgar por la primera parte del mosaico, la de los sirvientes capturando aves.




El resto del mosaico, el que tendría que mostrar algún plato más de carne y los postres, está totalmente deteriorado, así que nos lo tenemos que imaginar. Una lástima. 



Buen provecho!




Imágenes: propiedad de Dick Osseman  https://pbase.com/dosseman/buffet y commons.wikimedia.org


lunes, 6 de julio de 2026

LA LISTA DE LA COMPRA


En diversas paredes de las ciudades sepultadas por el Vesubio han ido apareciendo diferentes grafitos que suponen un auténtico testimonio de la vida cotidiana de la Antigüedad. Algunos son muy famosos, como los anuncios electorales en la vía pública, las figuras de gladiadores luchando o las pintadas sexuales de lupanares y tabernas, del estilo “Me follé a la camarera”. 


Otros son menos vistosos. Por ejemplo, los que representan listas con alimentos y nombres que se consideran algo así como listas de la compra. Son menos populares, entre otras cosas porque presentan muchos problemas de conservación y bastantes de interpretación, y la mitad de las palabras -abreviadas, escritas de manera rápida y descuidada- a menudo son desconocidas. Sin embargo, proporcionan una información de primera mano sobre la vida cotidiana más plebeya. 


Sin duda la lista más famosa de todas, y la más extensa, es la inscripción CIL IV 5380. Apareció en el zócalo negro de una pared pompeyana perteneciente a un deversorium urbano, es decir, una especie de albergue o fonda similar a los hospitia que poblaban las carreteras, pero dentro de la ciudad. Se trataba de un hospedaje para dormir que estaba conectado con dos establecimientos dedicados a la restauración: un bar con mostrador y una popina o casa de comidas. El deversorium, además, contaba con varios cubicula, cocina propia y dos salas con triclinio listas para banquetes privados. Obviamente, formaba parte de una insula. Allí, a una altura aproximada de un metro desde el pavimento, en la pared septentrional de una habitación de la domus IX 7,25, ocupando un espacio de 50 X 93 cm, alguien decidió escribir en tres columnas desiguales una lista de alimentos y objetos, comprados o para comprar, ordenados cronológicamente a lo largo de ocho días, desde el octavo día antes de los Idus hasta los mismos Idus de un mes desconocido. ¿Quién escribió el graffito y para qué? No podemos saber si fue hombre o mujer, si fue un cliente, el propietario o alguien que llevaba algún tipo de registro. ¿De qué? Pues de gastos hechos o que se van a hacer en alimentos y objetos, cuyo precio se expresa en ases, excepto en algún caso en que aparece el símbolo del denario.


Inscripción CIL IV 5380 Fuente: pompeiiinpictures.com


Analizando los elementos que más se repiten en la lista (los que se entienden) podemos hacer una radiografía de la alimentación popular. Por ejemplo, todos los días se menciona el pan, producto básico al que se dedican 5 denarios y 4 ases del total del gasto (un 24%).  El pan aparece con diferentes nombres: pane, el más habitual;  pane cibariu o cibar(ium), y pane puero o puero pane, ‘pan para el esclavo’. Se intuyen, pues, al menos dos tipos de pan, uno de ellos el cibarius, un pan negro, barato y de harina basta que los textos califican normalmente de ‘durus’ y ‘sordidus’, vamos que era bastante plebeyo. Desconocemos el otro tipo de pan, quizá de mejor calidad. El ‘pan para el esclavo’ puede responder a una tercera calidad, o bien a una manera de organizar el gasto. Además del pan, también se menciona el propio cereal: halica(m), que es la sémola de farro o espelta, y tridicum, el trigo de toda la vida. Y por si fuera poco, se nombra un objeto estrechamente relacionado con el grano: el pultarius, la olla de cerámica donde se cocía el puls, las famosas gachas que alimentaban al pueblo romano desde tiempos inmemoriales, algo así como un plato nacional.


Junto al pan, aparecen los otros dos elementos de la famosa tríada mediterránea: el vino (vinum) y el aceite (oleum). Ambos son bienes de consumo de primera necesidad. El aceite aparece en 4 de los 8 días, sin más especificación que su nombre, oleum. Puede tratarse de un oleum cibarium del montón o de aceite un poco más refinado, pero la cuestión es que en cuatro días se destinan dos denarios a comprar aceite y en uno de los días se gasta casi la misma cantidad, además, en el aceite destinado a un tal Servatus. Quizá tenga algo que ver que ese mismo día también se mencione en la lista pro patella, lo cual podría representar el aceite necesario para hacer las ofrendas. O bien el aceite que se usa en la iluminación, reforzado por el inltynium de la lista, que los expertos traducen como ‘lámpara’ o ‘mecha’.

El vino se menciona en tres días. Como pasa con el aceite, en uno de los días aparece dos veces, separando una compra de dos ases de vino de otra por valor de un denario destinada para alguien a quien llama Domatori. Este Domator o Domatori es alguien que desconocemos pero que vuelve a aparecer más adelante, y tuvo que ser un pez gordo porque recibe bienes de mayor categoría, como unos pescaditos -pisciculum- por valor de dos ases que los expertos relacionan con la confección de allec. Quizá este Domator sea destinatario de un vino menos peleón, un Falerno, un Setino, un Aminiano. A saber.


Pero el pompeyano medio no solo vive de pan, vino y aceite. La gente, por humilde que sea, necesita proteínas de alto valor biológico, como se dice ahora, y grasas. Por eso el queso (caseum) se menciona cinco veces en la lista. El queso era un producto estrella entre las clases más populares. Era barato -en la lista se invierten doce ases en total-, nutritivo, fácil de almacenar y muy, muy plebeyo. La literatura lo menciona poco, y siempre entre las clases más humildes o como símbolo de frugalidad, y suele identificarse con el mundo campesino y pastoril, alejado del cosmopolitismo del que presumen los patricios. En la lista podemos ver dos tipos de queso, o incluso tres. Uno de ellos aparece como casium molle(m), que sería tierno y fresco al estilo del requesón. Se le representa en los frescos pompeyanos, dentro de cestitos de junco y en Los cautivos de Plauto aparece justamente dentro de un elenco de productos que ir a buscar al mercado (Capt. 851). El resto de menciones simplemente se refieren a casium, sin más. Pero el hecho de que aparezca dos veces en determinado día quizá responda a dos tipos diferentes. En todo caso, seguro que era un queso de cabra o de oveja que solucionaría el ientaculum matutino junto al pan duro. 


Escena de mercado

La lista incluye otros productos, acumulados sobre todo en el tercer día antes de los Idus, que igual era día de mercado y por eso contiene diecinueve elementos, algunos bastante extraños. Por ejemplo, hxeres, que se suele identificar con fruta seca, quizá dátiles; femininum, ¿algún producto de belleza?; Sittiae, según unos es una persona y según otros, un cubo; o montana, que para algunos expertos podría tratarse del trébol montañés o alguna hierba similar. Ese mismo día, insisto en que bien podría ser día de mercado, es el único en el que aparece la carne: bubella(m) -carne de buey- y botellum -un tipo de salchicha o morcilla-. 


Otros productos mencionados una o dos veces son los puerros (porrum), los dátiles (palmas), el incienso (thus) y el enigmático cepas (¿cebollas?) o fecias (¿?).


La información que nos proporciona esta lista, la más extensa de todas, es bastante significativa de los alimentos que el mundo romano consideraba básicos: pan, vino, aceite, queso y alguna concesión a las proteínas animales. Aunque desconocemos mucho de lo que rodea a estas listas, sí podemos intuir una dieta monótona y sencilla.


Palestra Grande de Pompeya. Fuente: esturismo.eu


Otras listas aparecidas en Pompeya coinciden bastante en ingredientes y precios. 

En las columnas junto al anfiteatro, en la Palestra grande, han aparecido bastantes inscripciones que concuerdan en todo. Una de ellas, la CIL IV 08561a, menciona (o mencionaba porque se ha perdido por desprendimiento del enlucido) una libra de tocino, P(ondo?) lard(i), que cuesta tres ases, y embutido de cerdo (Suar(ium?), además de los consabidos vinum, casium, oleum y panem. En la misma columna hay otra inscripción, la CIL IV 08566b, un poco más extensa, donde se leía -sí, también desapareció- PVRM, que bien puede referirse a pulmentarium, el alimento para acompañar a las gachas, o a pultarius, la vasija para cocer esas mismas gachas o puls; además de los básicos vinum, casium, oleum y la mención a la proteína animal: porcin(am) y carn(em), por valor de un as cada una. La proteína en forma de carne se repite también en una lista de precios aparecida en las Termas Suburbanas de Herculano: singa, orrellas y thymatla, que algunos expertos traducen como ‘tocino’ (singa por axungia), ‘chuletas de cerdo’ (offellas y no orrellas) y ‘salchichas con tomillo’. Pero vamos, que todo son conjeturas lingüísticas. Y otras veces las listas parecen insistir más en los productos vegetales, revelando quizá una posible visita al Forum Holitorium, como las aparecidas en una vivienda y que mencionan repollos -coliclo-, acelgas -bet(am)-, mostaza -sina(pi)- y menta -men(tam)- [CIL IV 4888 y 4889).


Proteínas en forma de salchichas, tocino, embutidos o carne fresca; queso, verduras y, sobre todo, mucho pan, vino y aceite. Eso es lo que se desprende de la información aportada por estas listas desparramadas por las paredes de las ciudades sepultadas por la lava del Vesubio. No es lo único que comían, pero sí es lo que más apuntaban en esas inscripciones de gastos que el tiempo ha ido borrando para siempre.


Para acabar, unas palabras extraídas del corazón de Pompeya, en plena zona de tabernas, reflejando la clásica rivalidad entre ciudades: una destaca por sus especialidades culinarias, y la otra por sus vinos:


Viator Pompeis pane (:panem) gustas

Nuceriae bibes 


‘Viajero, en Pompeya comerás pan, pero en Nuceria beberás mejor.’ (CIL IV 08903)


CIL IV 8903 Fuente: Epigraphic Database Roma


Sean felices!



Fuentes consultadas:

 

- EPIGRAPHIC DATABASE ROMA  [http://www.edr-edr.it/edr_programmi/view_img.php?lang=en&id_nr=147519]

- The Ancient Graffiti Project [https://ancientgraffiti.org/Graffiti/graffito/AGP-EDR147519]

- Solin, Heikki; Caruso, Paola .- Memorandum sumptuarium pompeianum. Per una nuova

lettura del graffito cil iv 5380. Vesuviana, 8, 2016, pág. 105

- Portale Numismatico dello Stato [https://www.pompei.numismaticadellostato.it/tappa07.html]

-Sharon Marie Ruddell: The Inn, restaurant and tavern business in ancient Pompeii, Thesis --University of Maryland, College Park 1964 [https://api.drum.lib.umd.edu/server/api/core/bitstreams/870bc3fd-ebeb-4148-8b1c-a5461b32b477/content]

- vlcampbell - Black Friday.- Blog Pompeian Connections 

[https://pompeiinetworks.wordpress.com/tag/cil/page/2/]

-pompeiiinpictures [https://pompeiiinpictures.com/pompeiiinpictures/R9/9%2007%2025.htm]


domingo, 26 de octubre de 2025

DIS MANIBUS. EPITAFIOS ROMANOS CON ASUNTO GASTRONÓMICO


Más del 70% de todas las inscripciones romanas que se conservan son lápidas funerarias. Gracias a ellas podemos asomarnos a la vida privada de los habitantes de Roma: magistrados, artesanos, sacerdotes, gladiadores, esclavos… Gente de todo tipo y condición que decidió dejar huella tras su paso en este mundo.


La mentalidad romana consideraba que los difuntos seguían de alguna manera vivos siempre que se los recordase. Así que se esforzaban bastante en descansar en una tumba bien indicada, facilitando su identificación a familiares, amigos y curiosos. Esos familiares cumplirían con todos los ritos propios del culto doméstico, al que se habían incorporado los difuntos como Manes o divinidades propias de la familia. Recibían ofrendas en fechas señaladas (las Parentalia, las Feralia, las Caristia, las fiestas de los Lares Tutelares…) y sus parientes iban al cementerio en los aniversarios del nacimiento (dies natalis) y muerte (dies mortis), donde celebraban un banquete fúnebre en el que compartían la comida con el propio difunto, siempre con la intención de recordarlo y considerarlo aún parte de la familia.


Además de descansar en una tumba bien indicada y confiar en la memoria de sus parientes más cercanos, se esforzaban mucho en redactar un epitafio que contribuyese a fijar la información del difunto a modo de microbiografía. 


En general, los epitafios cuentan con fórmulas funerarias y de consagración, y una serie de datos personales como el nombre y la edad del difunto al morir, el nombre de quién le ha dedicado la tumba y el parentesco que les une, y datos biográficos como la profesión o el cargo si es que se había dedicado a la política. Estos epitafios son verdaderas instantáneas de la vida cotidiana donde los difuntos nos cuentan en pocas palabras qué es lo que los definía mientras estaban entre los vivos, de ahí su extraordinario valor.


Con este artículo, pues, vamos a revivir la memoria de algunas personas cuya tumba o epitafio los relaciona con el tema que nos interesa: la alimentación.


Comenzamos nuestro homenaje con un clásico de las tumbas romanas: la de Eurysaces el panadero.


Marco Virgilio Eurysaces vivió en Roma a finales de la República. Podríamos decir que fue todo un emprendedor, que consiguió tal fortuna que pasó de ser esclavo a ser un pez gordo. Su tumba tiene un tamaño considerable, está construida con mármol travertino nada menos y se situaba cerca de una de las entradas a la ciudad, entre la vía Praenestina y la Labicana. Semejante tumba de carácter monumental muestra el oficio que enriqueció a su dueño: la panadería. Y lo muestra con todo lujo de detalle, porque toda la tumba es una referencia a la elaboración del pan. En las fachadas de los tres lados conservados se observan, por ejemplo, unos cilindros huecos que se interpretan como bocas de horno, o medidas del grano, o recipientes donde se mezclaba la masa del pan. Y en el friso de la parte superior vemos todas y cada una de las fases de creación del pan, con todo lujo de detalles: la molienda del grano, el tamizado de la harina, la fase de amasado, el horneado, el transporte de panes en cestas… Lo dicho, el proceso completo. Incluso hay una referencia en la lápida dedicada a su esposa, Atistia, quien compartía tumba con él y cuyos restos se encuentran en una urna con forma de cesta de pan, un ‘panario’, según reza la inscripción: 


Fuit Atistia uxor mihei femina opituma ueixsit quoius corporis reliquiæ quod superant sunt in hoc panario


No es la única inscripción. En la tumba monumental leemos el nombre del orgulloso protagonista:


est hoc monimentum Margei Vergilei Eurysacis pistoris redemptoris apparet 


Tumba de Eurysaces

Eurysaces y Atistia
Su nombre sin filiación alguna sigue la nomenclatura típica de los libertos, en la que destaca el cognomen de origen griego (Eurysacis) y el nomen de la familia del patrono al que había pertenecido (Vergilei). Su nombre, su oficio y lo monumental de la tumba hacen pensar que sería un nuevo rico, alguien orgulloso del dinero que había hecho en vida y que no tenía reparos en mostrarlo en una tumba que quizá no era elegante para la estética del momento pero que dejaba bien claro quién había sido en vida. Incluso incorporó un relieve de él mismo y su esposa Atistia, mirándose recatadamente el uno a la otra, él vestido con toga y ella envuelta en un manto y peinada a la moda. 


La inscripción nos  aclara cómo hizo fortuna, puesto que era panadero (pistoris), contratista (redemptoris) y funcionario público (apparet). Por tanto, Eurysaces no solo era panadero, era alguien que trabajaba para el Estado y proporcionaba los panes que se repartían en las distribuciones gratuitas para la plebe. Además, era proveedor oficial de algún senador, magistrado o sacerdote. Eurysaces es ejemplo de una nueva clase social emergente a finales de la República: la de los libertos enriquecidos que carecen de nobleza pero acumulan un gran patrimonio.


Maximino, el mercader de trigo


Maximinus, qui vixit annos XXIII, amicus omnium


Así de corta es esta inscripción, que carece de otras fórmulas. Procede de Roma y se encuentra en el Lapidario Cristiano de los Museos Vaticanos. 

Por el texto, sabemos que Maximino vivió 23 años y que era ‘amigo de todos’. Poca cosa. Pero en la parte inferior existe un grabado muy revelador: a un lado un modio lleno de grano; al otro el joven Maximino, vestido con túnica y sosteniendo en la mano la vara con la que controla que no haya ni más ni menos trigo del que debe. Así que Maximino era un mercader de grano, alguien con un papel importantísimo en la economía romana: dedicarse a la compra y venta de cebada, trigo, mijo o espelta, cereales para alimentar al pueblo de Roma. El grano se almacenaba en los grandes horrea, y de estos almacenes se distribuía al pueblo en los mercados a través del control de la Annona. En la imagen vemos un modio, que es tanto una medida de capacidad (equivalente a 8,75 litros) como el recipiente que la contiene: una especie de cubeta de tres patas que, en el epitafio de Maximino, está llena a rebosar, mostrando la generosidad de ese ‘amigo de todos’. 


Sentia Amarantis, la tabernera de Emerita Augusta


En el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida se encuentra una lápida con un relieve de taberna y una inscripción. La escena muestra a una mujer con cabello recogido o corto, vestida con túnica larga y cinturón, que está llenando una jarra con el vino que sale de un tonel. Bajo el enorme tonel, la inscripción: 


“A Sentia Amarantis, de 45 años. Sentio Victor mandó hacer el monumento a su esposa queridísima, con quien vivió 17 años”.


Sent(iae) Amarantis / ann(orum) XLV Sent(ius) / Victor uxori / carissimae f(aciendum) c(uravit) cun cua vix(it) ann(os) XVII


Sentia Amarantis compartía la profesión de tabernera con su marido, Sentio Victor, quien le dedicó la lápida. Su trabajo consistía en despachar vino y posiblemente algunas tapas sencillas en una taberna vinaria, a juzgar por el enorme protagonismo que cobra el tonel en el relieve. No es la única referencia que tenemos de mujeres que se dedicasen a este oficio. 

Aunque en los textos las taberneras (coponae) o camareras (puellae) siempre tienen mala prensa, lo cierto es que no siempre se trataba de chicas desvergonzadas y casquivanas. A veces, como en el caso de Sentia Amarantis, solo eran personas decentes que querían ganarse la vida.


El suarius de Bononia


El único anónimo de este elenco corresponde a un suarius, un pastor de cerdos, siete en concreto, que se conserva en una estela del Museo Cívico Arqueológico de Bolonia (CIL XI, 6842). Nuestro suarius, que vivió a finales el siglo I o principios del siglo II en la romana Bononia, se dedicaba a la explotación de cerdos y muy posiblemente también a la elaboración de embutidos, pues esta estela se relaciona con otra en la que aparece representado un mortero doméstico con su pistillum, que son los útiles necesarios para elaborar embutidos (CIL XI, 6841). Ambas lápidas forman parte del mismo complejo funerario, y nos informan de la identidad del difunto a través de los relieves y de la inscripción funeraria, aunque hemos perdido el nombre del protagonista.


La carne de cerdo era la más consumida por el pueblo romano con diferencia. Como dice Plinio, tenía más de cincuenta sabores y alimentaba a patricios y plebeyos por igual. Por otra parte, en la culinaria romana triunfaban las salchichas, butifarras, morcones, morcillas, salchichones, longanizas y hasta una especie de mortadela que se hacía con mirto (el murtatum) y que procedía justamente de Bononia, la antigua Felsina etrusca. ¿Haría mortadelas primitivas nuestro suarius en su granja de cerdos? Lo cierto es que la producción y venta de farcimina permitieron a nuestro anónimo difunto obtener la libertad y ganarse muy bien la vida, tanto como para encargar el monumento funerario para sí mismo, para su esposa y para su patronus.


El charcutero Alexander


Alexander también se dedicaba al sector cárnico. Fue un vendedor de salchichas en el mercado que vivió tan solo 30 años. Una lápida de mármol redonda como si fuese una rodaja de mortadela gigante dice así:


Alexander, bu[t?]ularus de macello q vixit annis xxx anima bona omniorum amicus dormitio tua inter dicaeis 


Es decir: “Alejandro, bu[t?]ularus en el mercado, que vivió 30 años. Un alma bondadosa y amigo de todos. Que tu sueño sea entre los justos”.


La lápida, que se conserva actualmente en el Ashmolean Museum de Oxford, data del siglo III o IV aC, fue encontrada en una catacumba judía y, además, lleva inscrita una Menorah de siete brazos. Aparece además la palabra ‘dicaeis’, procedente del término griego ‘dikaioi’, que se usa para traducir el hebreo ‘tsadiqim’ (los justos). Así que sí, Alexander era un mercader judío.


Se ganaba la vida como botularius, es decir, como vendedor de salchichas, tenía un puesto en el mercado y le iba muy bien. No sería un simple vendedor ambulante como los botularii que menciona Séneca y que lo ponían enfermo con sus gritos en medio de la calle, sino un charcutero de los buenos que tendría un puesto en el mercado donde, imaginamos, vendería embutidos de calidad.

Está claro que los embutidos de Alexander no serían de cerdo, los más populares, ni de ninguna otra carne que no fuera kosher.

Alexander elaboraría lucanicae o isicia bubularum, es decir, de carne de ternera o de buey, como las que se documentan en el Edicto de Precios de Diocleciano, que, por cierto, no eran nada baratas: las salchichas ahumadas al estilo de Lucania costaban diez denarios la libra (327,45 gr), que es casi lo que costaba un garum de segunda o la libra de venado.

De hecho, existen dudas razonables sobre si lo que pone en la lápida es ‘butularius’ o ‘bubularius’, lo cual sugiere que podría ser un comerciante a gran escala de productos de vacuno, aunque su ubicación comercial en el macellum lo acerca más a un buen charcutero.


Aulo Umbricio Scauro, el hijo del fabricante de garum


“Para A. Umbricius Scaurus, hijo de Aulus, de la tribu Menenia, duunviro con poderes judiciales, los decuriones decretaron que esta tierra fuese cedida para su monumento, junto con 2000 sestercios para costear su funeral y una estatua ecuestre en el Foro. Scaurus, el padre, a su hijo”. 


a(ulo) umbricio a(uli) f(ilio) men (enia)/scauro/ii vir(o) i(ure) d(icundo)/ huic decuriones locum monum(enti)/et hs ∞∞ in funere et statuam equestr(em)/in foro ponendam censuerunt/scaurus pater filio



El padre de Aulus Umbricius Scaurus procedía de una gens que se instaló en Pompeya allá por el siglo I dC. Allí se convirtió en millonario, en un homo novus que hizo fortuna con una gran actividad comercial de fabricación y venta de garum, la famosa salsa de pescado que servía como condimento universal en los platos romanos. Perfeccionó su propia fórmula y se convirtió en el principal productor de esta salsa en la zona vesubiana. Hizo fortuna, se compró una de las mejores casas cerca del centro y la restauró a la moda incorporando unas termas, un jardín rodeado de un pórtico y un pavimento personalizado en el atrio que mostraba cuatro ánforas con el producto que lo había hecho millonario. Este homo novus no entró en política pero sí consiguió el acceso a un cargo para su hijo, el difunto Aulus, muy posiblemente favoreciendo a la ciudad con donaciones. Con esta práctica del evergetismo consiguió el favor de los poderosos, y abonó el terreno para la carrera política de su hijo, que fue duunviro con poderes judiciales. Según leemos en el epitafio, los miembros de la curia le cedieron el terreno para la sepultura, pagaron el funeral y erigieron una estatua ecuestre al hijo, posiblemente para honrar también al padre.  


El chef de la Gallia Narbonensis


En el Museo Narbo Via se encuentra una fantástica pieza dentro de la colección de la galería lapidaria: la tumba de Manius Egnatius Lugius, que reza así:


Vivit / M(anius) Egnatius / Lugius cocus / Antistia |(mulieris) l(iberta) Elpis / contuber(nalis) / p(edes) q(uoquoversus) XV  (CIL XII, 4468)



Y en medio de la inscripción, un enorme cuchillo que, a mi entender, es de cocina. Porque Manius Egnatius Lugius trabajaba de
cocinero (cocus), y encargó la estela funeraria conjunta para sí mismo y para su compañera de vida, la liberta Antistia Elpis. Por cierto, el recinto mortuorio tenía casi 20 m2. El cuchillo, trazado de forma bastante esquemática, se reconoce perfectamente y es el símbolo de su profesión. Es de hoja ancha y robusta, afilado en la punta y con pinta de cuchillo multiusos. ¿Se trata de un cocinero común y corriente? Seguramente, aunque prosperó lo suficiente para costearse la tumba y dejar su nombre para la posteridad. Ya decía Plinio que “los cocineros están al precio de tres caballos” y que conseguían hundir la fortuna de su amo (NH IX,67), porque lo que empezó siendo un oficio servil sin gracia ninguna con el tiempo fue considerado un arte




Primus, el comensal epicúreo


Hoc ego su(m) in tumulo Primus notissimus ille.

vixi Lucrinis, potabi saepe Falernum,

balnia vina Venus mecum senuere per annos.

  hec ego si potui, sit mihi terra lebis.

et tamen ad Manes foenix me serbat in ara

  qui mecum properat se reparare sibi.  (CIL XIV 914)


“Yo, el famoso Primus, yazgo en esta tumba. Me alimenté de lo que da el Lucrino, bebí Falerno, las termas, el vino y el amor me acompañaron hasta la vejez. Si pude hacer todo esto, que la tierra me sea leve. Pero junto a los Manes un fénix me espera en el altar, y está deseando renovarse conmigo.”


Aunque él se considera muy famoso, sabemos poco de Primus. Sabemos, eso sí, que le preocupaban poco las formalidades sintácticas, ortográficas y métricas, ya que el epitafio está lleno de vulgarismos y dísticos irregulares. Y sabemos también que se dedicó a vivir plenamente disfrutando de los placeres de la vida: los balnearios, el amor y la buena mesa. La fórmula que emplea es la típica de los textos para resumir una vida dedicada a la juerga: vinum, balneum, venus; lo mismo que prohibían los médicos para mantener la salud.

Primus es un epicúreo que se alimentó del producto del Lucrino, es decir, de ostras, y de vino de Falerno, por lo que se ha ganado un puesto de honor como ejemplo de comensal gourmet. El epitafio quizá iba acompañado de una representación del ave fénix, símbolo de resurrección en el mundo antiguo, especialmente en el paleocristiano. Primus es el hombre campechano y disfrutón cuyo epitafio es un auténtico ejemplo de carpe diem.



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Eurysaces, Maximino, Sentia…. no son los únicos cuya tumba hace referencia a una vida dedicada a la comida de un modo u otro. Podríamos hacer una lista larguísima y no acabaríamos: Felicissima, vendedora de aceite; Pollecla, que vendía cebada en la Vía Nova, cerca de las Termas de Caracalla; Tiberius Iulius Vitalis, carnicero, cuya esposa le dedica una estela donde se le ve manejando su cuchillo junto a una exhibición de sus mejores cortes de carne; Primitivo, Adotato y Restituto, también carniceros; Pompeiano Silvino, que regentaba una taberna vinaria en Augusta Vindelicorum, en la lejana provincia de la Raetia; Mercurio, que era panadero; Leopardo, que vendía pasteles; Ursa, vendedora de fruta; Pomponio Félix y Quinto, ambos lecheros; Julio Mario Silvano, que fue pescadero; Aulio Maximo y Aulia Hilaritas, que vendían conservas; Eros, un cocinero previsor que se fabricó tres lápidas, una para cada etapa de su vida: esclavo en las cocinas de un tal Posidipo, administrador y finalmente liberto… Tantos y tantos a los que hoy, con este artículo, les devolvemos a la vida.  A todos ellos, que la tierra os sea leve.



Imágenes

Portada: epitafio del cocinero Eros, CIL VI 9261. Museo Nacional Romano – Termas de Diocleciano en Roma

Fuentes: wikipedia.org, ancientrome.ru, comune.roma.it, planetahumanes.wordpress.com, cultura.gob.es, informa.comune.bologna.it, images.ashmolean.org, marcusofcapua.wordpress.com, odysseum.eduscol.education.fr